Cualquiera que haya caminado por una gran ciudad en pleno verano lo sabe: los árboles urbanos marcan una diferencia brutal entre cruzar una plaza de hormigón a pleno sol y refugiarse bajo la sombra de un parque. El asfalto irradia calor, el aire se vuelve denso, los termómetros se disparan. Y sin embargo, durante décadas, el urbanismo moderno ha tratado a los árboles y las zonas verdes como simple mobiliario, un adorno prescindible para decorar las calles. Ahora la comunidad científica pide un cambio de mentalidad radical, y lo pide con datos en la mano.
De adorno a infraestructura esencial
La propuesta es clara y bastante contundente. Los bosques urbanos ya no deberían verse como algo meramente decorativo, sino que tendrían que protegerse y financiarse con la misma prioridad que la red eléctrica, el alcantarillado o las telecomunicaciones. Un ensayo publicado a principios de mes en PLOS Climate lanza precisamente esa petición a los gobiernos: legislar sobre los bosques urbanos y considerarlos infraestructura básica para la resiliencia climática.
Este posicionamiento no sale de la nada. Se alinea con las advertencias más serias de los últimos años, incluido el sexto informe de evaluación del IPCC. En ese documento, las Naciones Unidas ya señalaban la planificación urbana sostenible y las infraestructuras verdes, es decir parques, bosques urbanos y cubiertas vegetales, como medidas clave e insustituibles de adaptación frente al calentamiento global.
Escudos contra el calor y aliados de la salud
Para entender por qué los científicos insisten en blindar legalmente los árboles, basta mirar la física. La presencia de masa forestal en las ciudades ataca directamente dos de los peores síntomas del cambio climático, las olas de calor y las lluvias torrenciales. Los árboles mitigan el temido efecto isla de calor mediante la evapotranspiración y la sombra, reduciendo la temperatura de las superficies. Al mismo tiempo funcionan como esponjas gigantes, regulan las aguas pluviales, previenen inundaciones y filtran el aire.
Pero la cosa va mucho más allá de la termodinámica. Varios estudios han demostrado que la falta de árboles es, literalmente, un problema de salud pública. Un artículo publicado en 2023 desgranaba los mecanismos fisiológicos, psicológicos e inmunológicos por los que las ciudades verdes transforman nuestra salud, reduciendo el estrés crónico y mejorando la respuesta inmune. Todavía más llamativa resulta la relación entre biodiversidad y salud cardiovascular: estar expuestos a ecosistemas urbanos diversos reduce la incidencia de enfermedades cardíacas.
Daniel Jato, profesor de Ingeniería y Gestión Ambiental de la UIV, lo resumía así en declaraciones al SMC. En el contexto actual, marcado por olas de calor cada vez más frecuentes, intensas y tempranas, quizá podría haberse enfatizado aún más el papel del arbolado urbano.
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Imagen: xataka.com
