Tarjetas amarillas y rojas: nacieron por un malentendido en 1966

El malentendido en un Mundial que inspiró a Kenneth Aston a crear las tarjetas amarillas y rojas del fútbol moderno

by Redazione
Tarjetas amarillas y rojas: nacieron por un malentendido en 1966

El origen de las tarjetas amarillas y rojas nació de un malentendido en pleno campo de fútbol

Las tarjetas amarillas y rojas parecen algo de siempre, un elemento tan pegado al fútbol que cuesta imaginarlo sin ellas. Pero no. Antes de 1970 nadie sacaba nada de un bolsillo para avisar a un jugador de que estaba a punto de irse a la ducha. Todo empezó con un lío monumental durante el Mundial de 1966, cuando un futbolista argentino y un árbitro alemán no había manera de que se entendieran.

Cuando dos personas quieren comunicarse y no comparten idioma, lo intentan hablando más fuerte, moviendo las manos, buscando cualquier cosa que sirva para salvar la distancia. En el fútbol pasa lo mismo, con el añadido de que a veces un jugador prefiere hacerse el despistado ante una amonestación, sobre todo si su equipo va ganando. Hoy nos apañamos con un inglés más o menos macarrónico y con las normas de la IFAB, el organismo formado por las cuatro asociaciones británicas y la FIFA. Gracias a eso, cualquiera entiende qué pasa cuando el equipo arbitral levanta el banderín o aparece de repente una cartulina de colores.

El partido que lo cambió todo

A principios de los años sesenta el fútbol vivía episodios de violencia bastante feos. Uno de los más recordados fue el Chile contra Italia del Mundial de 1962, conocido como la Batalla de Santiago. No existía entonces ningún mecanismo claro para frenar las peleas y las faltas que nacían del calentón sobre el césped.

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El cruce de cuartos entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de 1966 marcó un antes y un después. En un momento dado, un jugador argentino intentó explicarse con el árbitro alemán, y sus gestos y súplicas, imposibles de descifrar para el colegiado, acabaron costándole la expulsión por violencia verbal. El futbolista se negó a abandonar el campo hasta que intervino Kenneth George Aston, miembro del Comité de Árbitros de la FIFA y responsable del arbitraje de aquel torneo.

Ese día el árbitro Rudolf Kreitlein había amonestado a los ingleses Bobby y Jack Charlton y había expulsado a Antonio Rattín, pero todo quedó tan confuso que los propios protagonistas se enteraron mejor después, leyendo la prensa. Tanto fue así que el seleccionador inglés, Alf Ramsey, tuvo que acudir a un representante de la FIFA para salir de dudas. El calor del partido, el ruido y la barrera del idioma volvieron imposible cualquier entendimiento. A esa conclusión llegó Aston, que se fue de allí decidido a cambiar las cosas.

La ocurrencia del semáforo

Aston se propuso que las decisiones del árbitro quedaran claras para todos, jugadores y espectadores. Y la solución le llegó con una imagen que conoce cualquiera, los semáforos. Él mismo lo contó así: conduciendo por la calle Kensington de Londres, el semáforo se puso en rojo y pensó que el amarillo servía para avisar y el rojo para mandar fuera del campo.

Al llegar a casa le contó la idea a su mujer, Hilda, que desapareció un momento y volvió con dos tarjetas de cartulina del tamaño justo para caber en el bolsillo de la camisa. El sistema se estrenó de forma oficial en el Mundial de México de 1970, y desde entonces lo adoptaron todas las federaciones.

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El escritor Rob Walker resume bien el efecto de ese simple trozo de papel. Tiene un poder enorme cuando el árbitro lo exhibe casi con teatralidad delante de un jugador. El estadio estalla en silbidos, los brazos se levantan, porque todo el mundo entiende lo que significa, la pérdida del balón, un tiro libre o quedarse con un futbolista menos. Kenneth George Aston, que falleció en 2001, resumió su visión del fútbol como una obra dramática en dos actos con veintidós actores y un director de escena, el árbitro, sin guion y sin final conocido.

Fuente
Imagen: xataka.com

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