Cruzar el Atlántico sin escalas es hoy algo tan normal que casi nadie le presta atención. Se hace a bordo de un Boeing 787, de un Airbus A330, A350 o 777, aparatos que llevan a cientos de pasajeros a lo largo de miles de kilómetros. Incluso algunos aviones de pasillo único cubren ya ciertas rutas entre Europa y América. Pero poco más de un siglo atrás la historia era muy distinta. En 1919, dos hombres se prepararon para atravesar ese océano de una sola vez, sentados en la cabina abierta de un biplano de madera y tela que, mirado con ojos actuales, resulta sorprendentemente pequeño.
El intento llegaba en un momento curioso. Habían pasado apenas 16 años desde el primer vuelo de los hermanos Wright, y sin embargo la Primera Guerra Mundial había disparado el desarrollo de motores, estructuras y aparatos capaces de aguantar más tiempo en el aire. El Atlántico, de hecho, ya se había cruzado por vía aérea unas semanas antes, cuando el hidroavión NC-4 de la Marina estadounidense lo logró por etapas. John Alcock y Arthur Whitten Brown buscaban otra cosa. Recorrerlo del tirón, sin detenerse entre América y Europa.
Cruzar un océano con madera, tela y dos motores
El aparato elegido fue un Vickers Vimy, un bombardero pesado británico nacido durante la guerra que llegó demasiado tarde para entrar en combate. Medía 13,27 metros de largo y 20,47 de envergadura, se apoyaba en una estructura de madera arriostrada con cables y recubierta de tela, y se movía gracias a dos motores Rolls Royce Eagle de 360 CV cada uno. No era pequeño para su época, aunque la comparación de hoy impresiona. Un Airbus A350 900 llega a los 64,75 metros de envergadura, más de tres veces la del avión de Alcock y Brown.
Y podemos acercarnos tanto a aquel momento porque la hazaña coincidió con la consolidación de la fotografía en la prensa. Kodak la había popularizado desde 1888 con cámaras de rollo pensadas para el gran público, y a comienzos del siglo XX técnicas de impresión como el rotograbado dejaron reproducir imágenes a gran escala sobre papel barato. Así que la travesía quedó documentada al detalle. Se conservan fotos de los preparativos, de los aviadores junto al Vimy y hasta del aparato una vez en Irlanda.
Convertir aquel bombardero en algo capaz de afrontar el Atlántico exigió muchos ajustes. El Vimy se preparó para cargar unos 3.900 litros de combustible y salió tan pesado que le costó horrores despegar. Partieron desde un terreno improvisado en St. John’s, Terranova, de apenas unos 457 metros, que hubo que despejar retirando obstáculos e incluso volando algunas rocas. Tampoco estaban solos. El Daily Mail ofrecía 10.000 libras al primer vuelo transatlántico sin escalas y varios equipos ya lo habían probado sin éxito.
La niebla, el mar y una aterrizaje sobre una turbera
Una vez en el aire, el problema dejó de ser el peso y pasó a ser la orientación. Brown tenía que calcular la posición con técnicas heredadas de la navegación marítima, observando el Sol y las estrellas, estimando la deriva y buscando referencias sobre el propio océano. Todo dependía de poder ver algo, y el Atlántico no ayudó nada. Nubes, niebla y mala visibilidad limitaron durante horas esas observaciones, obligándole a navegar por estima y a aprovechar cada claro para corregir el rumbo mientras Alcock mantenía el avión en vuelo.
El momento más peligroso llegó durante la mañana del 15 de junio. El Vimy entró en una niebla tan densa que Alcock apenas distinguía los extremos de las alas y perdió la referencia del horizonte. Intentó recuperarse con los instrumentos, pero el indicador de velocidad se había quedado atascado. El avión levantó demasiado el morro, perdió velocidad, entró en pérdida y empezó a caer envuelto en las nubes. Cuando por fin salieron de ellas estaban a menos de 30 metros sobre el mar. Alcock logró nivelar el aparato a unos 15 metros de las olas, con varias horas de vuelo todavía por delante.
Irlanda apareció bajo ellos esa misma mañana. Tras algo más de 16 horas de vuelo, Alcock buscó dónde posar el Vimy cerca de Clifden y eligió lo que desde el aire parecía terreno firme. Era una turbera. Las ruedas se hundieron y el avión terminó clavado de morro, aunque los dos aviadores salieron ilesos. Apenas 16 años después del primer vuelo de los Wright, un avión había unido Norteamérica y Europa sin tocar tierra entre medias.
Fuente
Imagen: xataka.com
