Verter ácido sulfúrico en un lago durante casi dos décadas suena a locura, pero fue exactamente lo que hizo un equipo canadiense dirigido por David Schindler en 1976. No buscaban un modelo teórico ni una simulación por ordenador. Querían ver con sus propios ojos qué le hacía la lluvia ácida a un ecosistema real, así que eligieron un lago cualquiera al noroeste de Ontario, con sus sedimentos, sus corrientes, sus truchas y sus crustáceos, y empezaron a echarle ácido semana tras semana.
El elegido fue el lago 223 de la Experimental Lakes Area. Durante 17 años el goteo no paró, y el resultado sirvió para callar a una industria del carbón que llevaba tiempo negando cualquier vínculo entre sus emisiones y los muchos lagos muertos de Escandinavia y Norteamérica. La prueba fue contundente. El precio, en cambio, fue un lago entero.
Un lago convertido en probeta gigante
Desde el arranque del experimento, los investigadores anotaron cómo el pH del agua bajaba sin freno. Pasó del 6,8 de 1976 al 5,0 o 5,1 de 1981. Mantuvieron ese nivel hasta 1988 y luego dejaron que subiera poco a poco. El lago quedó destrozado, sí, pero en el proceso se aprendieron cosas que ningún laboratorio podía enseñar.
La primera lección fue que las especies no mueren todas a la vez. El Pimephales promelas se hundió rápido en cuanto se llegó al 5,6. La trucha de lago dejó de reproducirse a 5,4 y el matalote blanco aguantó hasta 5,1. Curiosamente la trucha no murió envenenada. Se quedó sin relevo generacional, envejeció y desapareció sola.
Aquellos datos, poco reconocidos en su momento, resultaron clave para el Acuerdo de Calidad del Aire entre Canadá y Estados Unidos de 1991 y, algo después, para el Convenio de Ginebra. Durante los trece años siguientes se siguió la recuperación con lupa. El pH volvió del 5,1 al 6,7, el Pimephales promelas regresó y el matalote blanco multiplicó su población por diez. La trucha, sin embargo, no volvió.
La pieza que faltaba eran las gambas
Treinta años después de dejar de verter ácido, la población de trucha de lago sigue a la mitad de la que había en los años setenta. Las que quedan crecen más despacio y acumulan más mercurio que las de otros lagos cercanos. La causa tardó en aparecer. El problema reproductivo estaba resuelto, pero la cadena alimentaria seguía rota por un eslabón minúsculo.
Ese eslabón es el Mysis diluviana, un crustáceo con forma de camarón diminuto que vive en lagos profundos y fríos de América del Norte. Era básico en la dieta de las truchas y, según el ADN hallado en los sedimentos, ya había desaparecido en 1979. Nadie lo sospechaba, porque siempre se pensó que aquel año todo iba bien.
La solución llegó a mano. El proyecto SHRRIMP consistió en echar 10.000 crustáceos al lago dos veces al año, en primavera y en otoño. Empezaron en 2018 y para 2021 la población de gambas estaba recuperada, la primera vez que algo así se consigue. Ahora los investigadores estudian si bastará, porque los sedimentos, el calcio del suelo o el clima podrían complicarlo todo.
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Imagen: xataka.com
