Cuando alguien piensa en una bomba atómica detonada en el espacio suena a guion de ciencia ficción, pero ocurrió de verdad. El 9 de julio de 1962 los cielos de Hawái, Tonga y Samoa se llenaron de auroras extrañas, muy lejos de los polos, donde normalmente aparecen estos fenómenos. No fue culpa de una tormenta solar. Detrás estaba Starfish Prime, un experimento de Estados Unidos que salió mal. Mal de verdad. La idea era lanzar una bomba nuclear al espacio para ensanchar el anillo de radiación natural que envuelve la Tierra y, con ello, fabricar una especie de muro contra los misiles soviéticos.
Lo consiguieron distorsionar, cierto. Pero no como esperaban. De paso dañaron sistemas eléctricos, satélites y teléfonos, provocaron apagones a más de 1.000 kilómetros de distancia y hasta hubo quien temió por la salud de los astronautas que viajarían a la Luna siete años después.
Qué fue Starfish Prime y por qué salió todo mal
El proyecto consistió en detonar en órbita terrestre baja una cabeza nuclear de 1,44 megatones. Para hacerse una idea, hablamos de una bomba 100 veces más potente que la que cayó sobre Hiroshima. El objetivo era estirar el cinturón de Van Allen, ese anillo formado por enjambres de partículas cargadas de mucha energía que quedan atrapadas en el campo magnético del planeta. La teoría decía que, al estirarlo, se podría inutilizar a los misiles soviéticos. Y sí, lo lograron. El problema es que el resto de consecuencias fueron demasiado graves como para querer repetirlo.
La radiación dentro del anillo aumentó de golpe. Para 1969, cuando los astronautas del Apolo 11 se dirigían a la Luna, todavía quedaba un ligero exceso de radiación que podrían absorber en el trayecto. Se hicieron varios estudios para ver si corrían un riesgo serio, y al final se concluyó que el peligro era manejable, así que la misión siguió adelante.
Aquel desastre tuvo también su reflejo diplomático. En 1963 Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, comprometiéndose a dejar libres de pruebas la atmósfera, el espacio exterior y el fondo marino. Cuatro años más tarde llegó el Tratado del Espacio Exterior, que fijó las reglas para explorar y usar el espacio.
Un detector para vigilar armas nucleares en órbita
Desde entonces no hay constancia de que nadie haya vuelto a mandar armas nucleares al espacio. Pero hay científicos que no se fían del todo. Uno de ellos es Areg Danagoulian, del MIT, y su propuesta es cuanto menos curiosa. Se apoya en un fenómeno llamado espalación de neutrones, por el cual partículas muy energéticas hacen que los núcleos atómicos expulsen sus neutrones. ¿Y dónde abundan esas partículas cargadas? Exacto, en el cinturón de Van Allen.
Danagoulian cree que si un satélite equipado con un dispositivo nuclear atravesara ese anillo, algo que tendría que hacer sí o sí, las partículas provocarían que los núcleos de uranio soltaran neutrones. Su idea es construir un detector específico para captar esa fuga y hacer saltar la alarma.
De momento no ha construido nada. Solo ha presentado un estudio de viabilidad que demuestra que la idea es plausible, con una física sólida y técnicas que ya existen. Si Rusia tuviera un satélite nuclear, como sospechan él y otros colegas, el aparato podría ser útil. Que sea posible, eso sí, no significa que sea fácil. Habría que separar los neutrones procedentes del uranio de los de otros elementos, y distinguirlos también de los que llegan directamente de la Tierra. Queda mucho trabajo por hacer.
Con Starfish Prime quedó claro que una liberación brusca de radiación en el campo magnético terrestre puede tener consecuencias muy serias, ocurra por una bomba o por la propia actividad solar.
Fuente
Imagen: xataka.com
