Lluvia radiactiva que cae sobre la Tierra desde hace más de cien millones de años. Suena a ciencia ficción, pero es lo que han descubierto unos científicos alemanes estudiando el fondo del océano. Allí, en las profundidades, hay un depósito de plutonio radiactivo que no pudo formarse aquí, sino en el espacio, durante un cataclismo cósmico de proporciones gigantescas. Y lo más curioso es que ese polvo radiactivo sigue precipitándose sobre nosotros todavía hoy.
Lo lógico sería pensar en algo reciente, al menos en términos astronómicos. Pero no. El estudio que acaban de publicar apunta justo en la dirección contraria.
Dos isótopos que lo cuentan todo
La pista principal está en el plutonio-244, un isótopo que no existe de forma natural en nuestro planeta. El único que puede aparecer en algunos procesos geológicos es el plutonio-239, y casi siempre en cantidades minúsculas. El plutonio-244, en cambio, es el isótopo más pesado de este elemento, el que carga con más neutrones, y suele formarse durante un fenómeno cósmico llamado proceso r, donde los átomos más ligeros absorben neutrones a toda velocidad.
El escenario habitual para que esto ocurra es una kilonova, esa explosión brutal que resulta de la fusión de dos estrellas de neutrones. En ese mismo proceso también nace el curio-247, y precisamente por eso los investigadores decidieron analizar sus niveles. Cruzando los datos llegaron a una conclusión llamativa, la explosión debió producirse hace más de 100 millones de años, aunque menos de mil millones. Y desde entonces la lluvia no ha cesado.
La corteza del fondo marino como archivo del tiempo
Todo gira en torno a la corteza de ferromanganeso, una capa que se forma en el fondo oceánico cuando metales disueltos como el hierro y el manganeso se van depositando muy poco a poco. Hablamos de un crecimiento de entre 1 y 10 milímetros por cada millón de años. Una lentitud que la convierte en una fotografía química perfecta de la historia del planeta, porque ahí queda atrapado todo lo que cayó al mar con el paso del tiempo.
Los autores estudiaron una sección extraída a 4.830 metros de profundidad allá por 1976. Esa muestra ya había dado sorpresas antes, porque contenía hierro-60, otro radioisótopo ligado a las supernovas, con una vida media bastante corta de 2,6 millones de años. En su momento se pensó que la kilonova había ocurrido hace unos 3 millones de años. Pero el nuevo análisis tira por tierra esa idea.
Aquí entra en juego el curio. El plutonio-244 tiene una vida media de 81 millones de años, mientras que la del curio-247 es de apenas 15,6 millones. Al revisar la muestra no encontraron rastro de curio, lo que significa que se desintegró por completo. Y para que eso suceda hacen falta más de 100 millones de años. En cambio el plutonio sigue ahí, porque para desaparecer del todo necesitaría unos mil millones de años.
¿Y el hierro-60? Pues tiene una vida media menor que la del curio y aun así aparece en la muestra. La explicación es que procede de un evento distinto, sus variaciones no coinciden con las del plutonio. Mientras tanto el plutonio sigue presente de forma uniforme en las capas superiores, señal de que la lluvia radiactiva no había terminado. Al menos no en 1976, que en escala cósmica fue prácticamente antes de ayer.
Los científicos creen que el cataclismo que liberó toda esa radiación tuvo que ser inmenso, tanto que quizás llegó a afectar a la vida en la Tierra. De momento no hay forma de confirmarlo. Habrá que seguir excavando en el fondo del mar para encontrar la respuesta.
