Desde hace décadas la humanidad intenta demostrar la existencia del más allá con herramientas científicas, y por ahora la respuesta sigue sin llegar. Es una de esas preguntas que nunca se apagan, quizá la más antigua de todas. La neurociencia avanza en el estudio de las experiencias cercanas a la muerte, conocidas como ECM, y lo que va apareciendo es un proceso enormemente complejo, mucho más de lo que suele contarse por ahí.
Faltan estudios sólidos y sobran atajos
Uno de los grandes problemas al hablar de este tema en la divulgación es que se mezclan cosas muy distintas. Correlación, causalidad y autoridad terminan revueltas en el mismo saco. Que figuras respetadas como el cardiólogo Valentín Fuster o el premio Nobel de Física Robert W. Wilson prologuen libros sobre supraconciencia o supuestas pruebas de Dios no convierte esas tesis en ciencia validada. El prestigio de una firma no equivale a evidencia.
Algo parecido pasa con los casos que impresionan. El del neurocirujano de Harvard Eben Alexander, que relató un viaje al más allá durante un coma, se repite una y otra vez. Pero desde el rigor científico sigue siendo una experiencia aislada, sin ninguna verificación independiente que demuestre que su cerebro estaba realmente inoperativo. También se apela al llamado ajuste fino del universo, la idea de que las constantes cosmológicas parecen diseñadas para la vida. El filósofo Carlos Blanco recuerda que ahí se cae en la falacia de afirmación del consecuente, porque existen explicaciones alternativas como el multiverso o el simple azar que no necesitan ninguna intervención divina.
La luz al final del túnel tiene su explicación
Si nos ceñimos a lo que dice la ciencia sobre las ECM, distintos estudios calculan que entre un 10 y un 20 por ciento de los pacientes críticos que sobrevivieron a un paro cardiaco vivieron una de estas experiencias. Que sea real para quien la atraviesa no significa que su origen sea sobrenatural. El modelo más robusto hoy lo propuso el equipo de Charlotte Martial en una revisión sistemática reciente, que las explica como resultado directo de procesos neurobiológicos en cerebros sometidos a un estrés extremo.
Los análisis neurofuncionales apuntan a lo mismo. La sensación de ver una luz al final de un túnel, la paz repentina o el desfile de recuerdos vitales tendrían que ver con los estados alterados de conciencia y la falta de oxígeno en el cerebro. Trabajos previos ya avisaban de las limitaciones metodológicas de quienes defienden que hay percepción sin un sustrato fisiológico.
En 2025 se revisaron 775 artículos publicados a lo largo de casi 50 años. La conclusión fue que este campo sigue fragmentado y necesita marcos integradores y mucho más rigor. Lo que la ciencia sí avala sin reservas es el impacto transformador a largo plazo. Un estudio de 2024 comparó a 834 personas que vivieron una ECM con 42 que se enfrentaron a situaciones mortales sin experimentarlas, y encontró transformaciones espirituales y psicológicas notables en el primer grupo. Una ECM puede cambiar una vida, pero que eso demuestre que el alma viaja a otra dimensión es una deducción que la ciencia actual no respalda.
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Imagen: xataka.com
