Hace unos 50 millones de años, los antepasados de las ballenas tomaron un camino que cambiaría su destino para siempre, dejando poco a poco la tierra firme para lanzarse hacia el océano. Orcas, delfines y ballenas son hoy los amos indiscutibles del mar, con cuerpos moldeados durante millones de años de adaptación. Pero hay una pregunta que ronda desde hace tiempo, y es si algún día podrían volver a caminar sobre tierra. La respuesta llega ahora, y no deja mucho margen a la imaginación.
Un umbral que no se puede cruzar dos veces
No hay vuelta atrás. Una vez superado cierto punto, la evolución no permite dar marcha atrás. Para llegar a esta conclusión, un equipo de investigación de la Universidad de Friburgo hizo un trabajo enorme, analizando 5.635 especies de mamíferos, tanto actuales como recientemente extintas. La idea era ordenarlas en una escala que iba desde las formas puramente terrestres, pasando por las semiacuáticas, hasta las totalmente acuáticas. Usando modelos filogenéticos bastante complejos para calcular las tasas de transición entre esos estados, dieron con un patrón claro.
Lo que descubrieron tiene su lógica. El salto de animal terrestre a semiacuático, como pasa con nutrias, castores o lobos marinos, es reversible. Ese linaje podría, con el tiempo y las presiones ambientales adecuadas, regresar a una vida puramente terrestre. En cambio, cuando un linaje da el paso definitivo y se vuelve totalmente acuático, como los cetáceos, la puerta biológica se cierra. Los modelos demostraron que volver a formas capaces de pisar tierra es estadísticamente incompatible con los datos. La probabilidad matemática de que ocurra algo así es, en la práctica, cero.
El cuerpo desmontado pieza por pieza
Esto no es una maldición ni una regla caprichosa de la naturaleza. Como señalan varios expertos, las adaptaciones anatómicas y fisiológicas necesarias para conquistar el mar abierto son tan extremas que hacen inviable cualquier vuelta atrás. La evolución fue desmontando la anatomía terrestre de estos animales poco a poco. Las extremidades delanteras se convirtieron en aletas rígidas para maniobrar, las traseras casi desaparecieron, quedando solo unos huesos pélvicos vestigiales, y la columna vertebral se modificó para depender de potentes músculos caudales que impulsan al animal en el agua, en lugar de sostener su peso contra la gravedad. La termorregulación y el sistema respiratorio también sufrieron rediseños drásticos.
El ADN cuenta la misma historia. El registro genómico actual ofrece pruebas de estas pérdidas irreversibles. La ciencia apunta a que los cetáceos perdieron la función de genes concretos, como el que codifica el canal iónico TRPA1. En los mamíferos terrestres, ese gen es clave para detectar estímulos dañinos y regular la temperatura, pero en los cetáceos su pérdida funcionó como un mecanismo de adaptación a la vida acuática profunda.
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Imagen: xataka.com
