Una costumbre que viene de muy lejos
La endogamia es una de esas dinámicas que llevan siglos repitiéndose en la vida social española, y ahora hay algo concreto sobre la mesa que lo confirma. Basta pensar en las orlas colgadas en la pared de una copistería frente a una facultad de ciencias, año tras año, con las caras del claustro cambiando pero los apellidos siempre iguales. Puede parecer un estereotipo fácil, una exageración. El problema es que además es verdad, y no solo dentro de la universidad.
Hace unos años el catedrático Javier Barnes y el economista Fernando Faces lo resumían bien al recordar que en España las reglas para concursos y adjudicaciones de contratos se apoyan todavía en normas de 1870, de hace siglo y medio. Una señal de lo mucho que hace falta renovarse. No es un fallo del sistema, es cómo está pensado. La endogamia funciona como una especie de tecnología antropológica muy conocida para reforzar el poder de un grupo. Por eso aparece en ayuntamientos, empresas y universidades, y por eso llegó incluso a provocar la extinción de una rama de la dinastía Habsburgo.
La necrópolis que cambia lo que sabíamos
Lo que nadie tenía claro era hasta qué punto esta práctica venía de antiguo. Tras analizar 24 individuos enterrados en la necrópolis zaragozana de Los Castellets II, un equipo internacional de especialistas ha dado con una posible respuesta. Y no es menor. Hasta dos tercios de las personas allí enterradas estaban emparentadas entre sí. No hablamos solo de padres e hijos, sino de parentescos de quinto y sexto grado.
Esto significa que el túmulo de Mequinenza funcionó como mausoleo de una familia extensa, algo así como un nodo funerario central de una red de filiación muy tupida. Es la primera evidencia directa de prácticas endogámicas a finales de la Edad de Bronce en la Península. Dicho de otro modo, los peninsulares de aquella época estaban estrenando la versión más básica del asunto: líderes que consolidan su estatus casándose entre ellos.
Los investigadores señalan que niveles de consanguinidad así no se habían registrado en periodos anteriores de la prehistoria ibérica. Y son tan altos que ni siquiera se puede descartar que la costumbre fuera más allá de las élites y se extendiera por toda la sociedad, de hecho por todo el Mediterráneo.
Como explicaba el arqueólogo Rodrigo Villalobos, la Prehistoria abarca desde nuestros orígenes hasta la aparición de los primeros estados burocráticos. Lo que se ve en Mequinenza es precisamente cómo esos estados empiezan a tomar forma. La endogamia sigue viva porque es un método muy eficaz de asegurar la estabilidad de las estructuras sociales. Tiene costes, sí, pero son costes a largo plazo, y a medio plazo casi siempre resultan asumibles. La propia investigación confirma además que estas prácticas son sensibles a los sistemas legales y administrativos. No es una maldición imposible de reformar.
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Imagen: xataka.com
