El azúcar podría haber tenido un papel mucho más decisivo de lo que pensábamos en el desarrollo de nuestro cerebro, y eso pone patas arriba una historia que hemos contado durante décadas. La narrativa clásica pintaba a un simio bajando de los árboles, empezando a cazar, comiendo carne y desarrollando gracias a las proteínas y grasas un cerebro enorme y brillante. Bonito relato, pero la ciencia lleva tiempo matizándolo. Y ahora apunta hacia algo que hoy casi todos miran con recelo, ese azúcar tan demonizado.
Al cerebro le encanta la glucosa
La cuestión es sencilla de plantear. El cerebro humano se lleva alrededor del 20% de nuestra energía en reposo, y su combustible casi exclusivo es la glucosa. Un artículo reciente publicado en Science cruzó datos de metabolismo, arqueología genética y hasta dietas de primates actuales para proponer un modelo evolutivo bastante más amplio. La pregunta que lo sostiene todo es directa, de dónde sacaban nuestros antepasados esa cantidad obligatoria de azúcar.
El modelo estima que los carbohidratos, primero como azúcares simples de frutas y miel y más tarde en forma de almidón, pudieron aportar más del 25% de la energía dietética. Dicho de otra forma, la carne daba calorías y nutrientes clave, pero el cerebro necesitaba azúcar para rendir de verdad. La idea no es nueva. Ya en 2015 un estudio liderado por Karen Hardy en The Quarterly Review of Biology defendía que los vegetales ricos en almidón, como los tubérculos, fueron cruciales para la expansión cerebral, el desarrollo del feto y la lactancia.
El problema del fuego y las pruebas que faltan
Demostrar todo esto es lo complicado. La carne deja marcas de corte en huesos que aguantan millones de años, pero los tubérculos y las frutas se pudren sin dejar rastro. Para rastrear esos carbohidratos, los científicos se fueron al microbioma oral. En 2021 un equipo analizó el sarro dental de neandertales y humanos antiguos y encontró bacterias adaptadas a procesar alimentos con almidón. Ese mismo año, otro grupo lanzó una crítica metodológica dura, argumentando que la presencia de esas bacterias no permite concluir que el almidón fuera la base de la dieta ni que ese consumo de glucosa fuera causa directa del crecimiento cerebral.
Y aquí entra otra pieza incómoda, la cocción. Masticar un tubérculo crudo aporta poquísima energía porque apenas lo digerimos. Hace falta cocinarlo, y el dominio del fuego fue lo que permitió extraer suficiente glucosa del almidón. El lío es la cronología, porque el registro fósil muestra que el cerebro empezó a crecer mucho antes de tener pruebas sólidas de un uso continuado del fuego. Si creció antes de saber cocinar los tubérculos, el modelo del almidón cocido cojea.
Ni solo carne ni solo tubérculos
La clave está en no buscar una única bala mágica. El nuevo estudio de Science es importante porque pone a los carbohidratos en el centro de la mesa evolutiva, pero no invalida el papel de la carne. Nuestra historia no fue un menú cerrado, sino pura flexibilidad. Comíamos carne y grasa animal cuando la caza o el carroñeo iban bien, nos poníamos las botas de frutas dulces y miel en la selva, y escarbábamos buscando tubérculos cuando el clima se secaba. Esa capacidad para sacar energía de cualquier fuente disponible, y luego procesarla con herramientas y fuego, fue lo que nos dio combustible suficiente para convertirnos en la especie que hoy se pregunta de dónde viene.
Fuente
Imagen: xataka.com
