Cuando se trata de mantener sano el interior de un ordenador, la refrigeración manda, y aquí entran en juego dos productos que generan bastante debate: la pasta térmica de diamante y el metal líquido. La pregunta que todo el mundo se hace tarde o temprano es sencilla pero incómoda: ¿cuál de los dos protege mejor y, sobre todo, cuál termina degradando menos las piezas del equipo a largo plazo? Vamos a desmenuzarlo con calma.
Porque no basta con que un producto enfríe bien. También tiene que ser seguro para el resto del hardware. De poco sirve tener el procesador fresquísimo si ese mismo compuesto, con los meses, va comiéndose poco a poco los materiales que toca. Y ahí está la trampa donde mucha gente no repara al principio.
Qué le pasa a la pasta térmica de diamante con los años
La llamada pasta térmica de diamante es, en el fondo, una pasta convencional mejorada con partículas que ayudan a conducir el calor de forma más eficiente. Lo bueno es que no conduce electricidad ni reacciona con los metales del procesador o del disipador. Eso la hace química y físicamente bastante estable, que es justo lo que buscamos cuando pensamos a largo plazo.
Con el tiempo, digamos dos años de uso intenso, lo que suele ocurrir es que se seca un poco o pierde algo de consistencia. También puede desplazarse ligeramente por culpa de los ciclos térmicos, ese encendido y apagado constante que sufre cualquier equipo. Nada de esto daña el hardware. Simplemente el rendimiento térmico va bajando poquito a poco. La conclusión práctica es que tocará cambiarla pasados unos meses o unos años, y todo depende del uso, del tiempo que el equipo lleve apagado y de mil pequeños factores.
El metal líquido conduce mejor, pero pide respeto
El metal líquido juega en otra liga. Es una aleación líquida, normalmente basada en galio, y conduce el calor muchísimo mejor que cualquier pasta. Por eso aparece en equipos de alto rendimiento o en montajes pensados para overclocking. Aquí el problema no es tanto que se desgaste, sino cómo se lleva con los materiales que tiene alrededor.
Sobre cobre o níquel suele comportarse de forma estable, siempre que la aplicación esté bien hecha. Con el aluminio, en cambio, la cosa se complica: puede debilitarlo y llegar a estropearlo con el paso del tiempo. Además, es capaz de dejar manchas o alterar ligeramente la superficie del metal donde se aplica. Por eso conviene tratarlo con más cuidado y reservarlo solo para quien tiene experiencia y sabe muy bien lo que está haciendo.
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Imagen: hardzone.es
