Un siglo de energía acumulada bajo tierra se liberó en apenas 39 segundos en el norte de Venezuela, donde dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 han dejado un panorama de destrucción difícil de medir. A las dos sacudidas principales se sumaron más de veinte réplicas, y las estimaciones más severas hablan de hasta 100.000 fallecidos si se atiende a la cantidad de edificios gravemente dañados. Lo que ha sucedido aquí no encaja en los patrones sísmicos que solemos dar por descontados.
Qué es un doblete sísmico y por qué cambia todo
Los sistemas de monitorización globales, como el Servicio Geológico de Estados Unidos, registraron primero un terremoto de magnitud 7,2, un nivel que por sí solo ya basta para arruinar infraestructuras críticas. Lo extraño llegó apenas 39 segundos después, cuando la tierra volvió a romperse con un evento todavía más violento, de magnitud 7,5. Ambos epicentros se situaron en las inmediaciones de Morón y el estado de Yaracuy.
Al principio hubo dudas. Los equipos automáticos de medida apuntaban a un posible solapamiento de las lecturas, casi como si fuera un único movimiento mal interpretado. No era así. Se acabó confirmando que el temblor de 7,2 actuó como un evento precursor inmediato del principal, el de 7,5. Y esa diferencia lo cambia todo a la hora de entender cuánta energía mecánica se disipó en la corteza.
Un terremoto corriente se explica con una ruptura principal seguida de decenas o cientos de réplicas, mientras las fallas se reajustan poco a poco. Lo de Venezuela es distinto. Hablamos de un doblete sísmico, dos terremotos de gran magnitud y tamaño comparable que se producen en la misma región tectónica con un intervalo brevísimo, aquí cuestión de segundos. El primero, en lugar de aliviar la tensión, alteró el campo de estrés en un segmento de falla vecino y lo empujó más allá de su punto de ruptura, disparando el segundo.
Por qué las ciudades pagaron un precio tan alto
Este tipo de rupturas encadenadas castiga a las estructuras como pocas cosas. Los edificios, con sus bases ya debilitadas y puestas en resonancia por el primer impacto, reciben un segundo golpe de mayor amplitud antes de haber podido disipar la energía del primero. Por eso se han visto daños enormes en las construcciones civiles, incluidos aeropuertos principales que en algún caso han quedado completamente inutilizados.
El norte de Venezuela se asienta sobre una zona de altísima complejidad geodinámica, marcada por el roce continuo entre la placa del Caribe y la placa sudamericana. Las fallas que atraviesan la región acumulan deformación elástica a un ritmo de varios milímetros al año. Se sabía que algo así podía pasar en cualquier momento. La ingeniera civil Gina Paola Villalobos señala que el verdadero problema estuvo en las frágiles construcciones de muchas ciudades latinoamericanas, que no estaban preparadas para encajar un golpe de esta naturaleza.
Y aquí no hay hipérbole. En términos sismológicos, un segmento de la falla había permanecido bloqueado durante décadas, mientras el movimiento de las placas seguía comprimiendo y deformando la roca como un resorte gigantesco. El doblete sísmico de 7,2 y 7,5 marca el instante exacto en que la fricción fue vencida, soltando de golpe la energía elástica que la Tierra tardó más de 100 años en acumular.
Fuente
Imagen: xataka.com
