Comer ligero en verano: la trampa que pone en riesgo tu salud

El calor reduce el apetito y puede provocar carencias nutricionales serias: descubre cómo comer ligero sin poner en riesgo tu salud.

by Redazione
Comer ligero en verano: la trampa que pone en riesgo tu salud - comer ligero verano

Comer ligero en verano parece la decisión más sensata cuando el termómetro se dispara, pero detrás de esa costumbre se esconde un riesgo que pocos tienen en cuenta. Cuando llega el calor cambian las rutinas, y una de las primeras cosas que notamos es que las digestiones pesadas se vuelven insoportables. El cuerpo pide a gritos algo fresco, una ensalada, fruta, lo que sea menos un plato contundente. El problema es que ese giro hacia lo liviano puede traducirse en una carencia nutricional seria, porque dejamos fuera nutrientes que nos hacen falta.

Por qué el calor nos cierra el estómago

No es manía ni sugestión. Que a cuarenta grados no apetezca atiborrarse de comida es pura biología. La evidencia científica lo confirma una y otra vez, el calor reduce el apetito y con él la cantidad de calorías que acabamos ingiriendo, salvo en algunas personas que no tienen este problema. Un estudio publicado en 2021 en el British Journal of Nutrition lo puso a prueba con hombres sanos, y el resultado fue claro, la exposición a una temperatura de 30 ºC redujo de forma drástica la comida durante el almuerzo frente a quienes estaban a 20 ºC. La sensación de hambre antes de sentarse a la mesa se desplomaba.

En España pasa exactamente lo mismo. Un estudio de 2005 ya señalaba que comemos bastante menos en verano que en invierno. En los meses fríos, las ingestas medias de calorías y de casi todos los nutrientes eran mucho más altas en ambos sexos. Lo inquietante fue otra cosa, durante el verano un porcentaje mayor de la población no lograba cubrir ni sus necesidades mínimas de calorías ni de la mayoría de micronutrientes. Y eso ya son palabras mayores.

La trampa de la ensalada y cómo esquivarla

Decir que “en verano se come ligero” no es malo en sí mismo, pero no sirve de excusa para una nutrición deficiente. Según la OMS, el riesgo aparece cuando la dieta no cubre las necesidades fisiológicas durante un periodo largo, y el verano dura lo suficiente como para hacer estragos. Al perder el apetito solemos cambiar comidas completas por ensaladas poco variadas o un poco de fruta, y ahí empiezan los problemas. Pasar de tres comidas a sobrevivir con un par de platos ligeros abre la puerta a los déficits.

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Lo que más falta suele ser la proteína de calidad y el hierro. A eso se suman las dietas de moda que restringen todo a frutas o zumos. Suenan sanas, pero provocan carencias rápidas y, si se mantienen, pueden desencadenar efectos metabólicos adversos. La hidratación es clave, claro, porque sudamos sin parar y perdemos agua y minerales, pero sustituir comidas por bebidas azucaradas o zumos en exceso es un error de manual. El agua y los alimentos de temporada ricos en ella deben aportar el líquido, no vaciar la dieta de nutrientes sólidos. Esto vale el doble en los más vulnerables como niños, ancianos y enfermos crónicos, donde deshidratación y falta de apetito se solapan con facilidad.

Si el cuerpo pide menos cantidad, toca compensar con más densidad nutricional en lo poco que entra. Legumbres frías en ensalada, pescados azules como el atún o la sardina, huevo cocido como fuente de proteína y frutos secos para tener energía a raudales.

Fuente
Imagen: xataka.com

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