Burevestnik: el misil ruso que muchos llamaban “Chernóbil volador” acaba de quedar bajo una luz mucho más cruda gracias a un análisis del MIT. Durante años se sospechó que aquel artefacto era peligroso por pura lógica, un reactor nuclear metido dentro de un misil difícilmente puede ser limpio o fácil de controlar. Ahora hay números detrás de esa intuición, y la imagen que dejan resulta todavía más inquietante de lo que se temía.
Conviene recordar un dato histórico. En 1964 Estados Unidos canceló el Project Pluto pese a que funcionaba, y lo hizo por una razón muy sencilla, el misil dejaba un rastro radiactivo a su paso y no existía un lugar seguro donde probarlo. Medio siglo después, Rusia ha vuelto justo a esa idea que incluso Washington consideró demasiado extrema. El concepto venía de lejos. En los años cincuenta tanto americanos como soviéticos jugaron con reactores embarcados en aviones como el Convair B-36 Peacemaker y el Tupolev Tu-95, aunque nunca llegaron a impulsar de verdad sus motores con energía nuclear.
Una chimenea nuclear que vuela
El gran aporte del estudio del MIT está en explicar cómo se mueve realmente este aparato. No usa el viejo ramjet de Pluto, sino un turbojet de ciclo directo, algo más compacto y casi salvaje en su sencillez. El aire entra desde la atmósfera, atraviesa directamente el núcleo del reactor, se calienta con la fisión y sale expulsado para generar empuje. Eso permite reducir peso y meter todo el reactor dentro de un misil de apenas 9,5 metros.
La contrapartida es terrible. El aire que entra limpio sale contaminado, y cada segundo de vuelo convierte al misil en una especie de chimenea que va esparciendo isótopos radiactivos. Según los investigadores, ese escape llevaría argón, criptón y carbono radiactivo, además de partículas por la erosión del reactor bajo calor extremo. Cuanto más tiempo permanece en el aire, más material suelta. Es la inversión completa del arma estratégica clásica, ya no importa solo la explosión final sino todo el trayecto, un auténtico corredor de contaminación radiactiva.
Las señales que ya estaban ahí
Los avisos venían de antes. Tras la presentación pública del programa se detectaron picos de radiación en el Ártico vinculados a posibles pruebas. Luego se perdió un prototipo en el mar y, en 2019, una explosión en el Mar Blanco mató a cinco científicos de Rosatom. La hipótesis del MIT es demoledora, aquel reactor recuperado del fondo pudo reactivarse al ser izado, provocando la explosión.
La razón de ser del Burevestnik es clara, un alcance casi ilimitado que le permitiría lanzarse desde el Ártico y permanecer horas o días en vuelo. Pero arrastra debilidades evidentes. Es subsónico, poco sigiloso y fácil de rastrear por su propia firma radiactiva, y el reactor se degrada mientras funciona, lo que pone en duda esa promesa de alcance infinito. Quizá importe menos como arma nuclear que como laboratorio para validar tecnologías futuras. Sea cual sea el motivo, Rusia ha logrado el primer vuelo sostenido de un aparato propulsado por energía nuclear, resucitando algo que la Guerra Fría enterró por demasiado peligroso incluso para sus creadores.
