Bidones radiactivos en el Atlántico: lo que hallaron frente a Galicia

Los barriles nucleares vertidos frente a Galicia se deterioran más de lo temido y filtran radiactividad en las profundidades del Atlántico.

by Redazione
Bidones radiactivos en el Atlántico: lo que hallaron frente a Galicia - bidones radiactivos Atlántico

Los bidones radioactivos que descansan en el fondo del Atlántico frente a las costas gallegas están mucho peor de lo que se pensaba. A poco menos de 300 millas náuticas del cabo Fisterra, algo más de 500 kilómetros mar adentro, el Proyecto Nodssum ha encendido las alarmas después de su tercera expedición. Durante décadas se habló de un vertedero enorme, con cientos de miles de barriles nucleares tirados en la llanura abisal, casi como si fuera una leyenda de ecologistas y oceanógrafos. La frase que se repetía era que ahí abajo no había vida. El problema es que sí la había. Y la estaban matando.

Un cementerio nuclear escondido bajo el Atlántico

Misiones científicas francesas bajaron con submarinos tripulados, fotografiaron las fugas y midieron radionucleidos por encima de lo esperado. De los 220.000 barriles que se supone hay ahí abajo solo encontraron mil al principio. El resto, unas 100.000 toneladas de basura nuclear, seguía en el fondo dejándose arrastrar por las corrientes, con su contenido desperdigado. Ahora, con poco más de 3.500 barriles localizados, los investigadores del Centre National de la Recherche Scientifique hablan de un avanzado estado de deterioro.

Todo esto empezó en 1946. Hasta principios de los años noventa, barcos británicos, holandeses, belgas, franceses y de otros países europeos tiraron sin pausa al fondo del Atlántico residuos radiactivos de baja y media actividad. Están concentrados en una zona de unos 10.000 kilómetros cuadrados, a entre 4.000 y 5.000 metros de profundidad. Es el tercer mayor vertedero de residuos nucleares enlatados conocido en el planeta. Dentro no hay barras de combustible, sino basura nuclear civil y militar: lodos, guantes, equipos de laboratorio, restos médicos, resinas, chatarra contaminada, todo encapsulado en cemento o alquitrán para aguantar la presión del océano profundo.

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Del Xurelo a los barriles que se caen a pedazos

El primero que dio la voz de alarma fue el Xurelo, un palangrero, allá por 1981. La Esquerda Galega, junto a varios ecologistas de Greenpeace, se interpuso entre dos cargueros que tiraban basura a la Fosa Atlántica. La prensa recogió aquello y la práctica saltó a los periódicos de medio mundo. Las protestas funcionaron, porque el organismo europeo encargado de estos residuos declaró una moratoria que hoy sigue vigente.

La expedición Nodssum ha ido ampliando el área mapeada hasta unos 140 kilómetros cuadrados, con densidades de unos 20 bidones por kilómetro cuadrado. La gran novedad llegó con el submarino tripulado Nautile, que permitió ver de cerca el estado de los barriles a más de 4.000 metros. Superficies corroídas, anémonas colonizando el metal, fisuras abiertas en las abolladuras y material encapsulante que se sale, con alquitrán y cemento rebosando. La sal marina se va comiendo poco a poco unos latones que ya no tienen la seguridad necesaria.

Los científicos han recogido 345 muestras de sedimento, unos 5.000 litros de agua y ejemplares de fauna abisal para analizarlos con una precisión cien veces mayor que la de los instrumentos de a bordo. De momento no hay anomalías en los sedimentos y, aunque los radionucleidos están por debajo de los límites legales, superan todas las estimaciones previas.

Ahora la gran pregunta es qué hacer. ¿Se pueden sacar 200.000 bidones del fondo del Atlántico? Técnicamente sí, pero política, económica y en términos de riesgo la cosa se complica muchísimo. El Consejo de Seguridad Nuclear insiste en que las aguas costeras gallegas y cantábricas no muestran niveles significativos de radiactividad, por debajo de los límites fijados por la normativa española y europea. Y España ni siquiera tiene responsabilidad, porque no vertió residuos en la fosa. El problema real es otro: muchos barriles están tan degradados que podrían desintegrarse durante el izado. Si el deterioro sigue avanzando, queda por delante entender cómo afecta la bioacumulación a la cadena trófica abisal, ese hábitat profundo lleno de organismos adaptados a una oscuridad que ahora convive con un legado nuclear de 80 años.

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Fuente
Imagen: xataka.com

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