Cuando en 2020 apareció ante los ojos de los astrónomos un planeta gigante girando alrededor de una estrella ya muerta, la primera reacción fue de perplejidad. ¿Cómo demonios había logrado escapar de la destrucción violenta que acompaña el final de un astro? Ahora, gracias a las observaciones del Telescopio Espacial James Webb de la NASA, empieza a haber una respuesta.
Un equipo internacional de científicos ha analizado por primera vez la atmósfera de este mundo peculiar. Combinaron mediciones de su composición, masa y temperatura para reconstruir, pieza a pieza, el camino que lo trajo hasta donde está hoy. El objeto se llama WD 1856 b y, según descubrieron, originalmente orbitaba a una distancia prudente. Solo miles de millones de años después de la muerte de la estrella se fue acercando peligrosamente. El hallazgo, publicado en la revista Nature, deja entrever el futuro lejano de sistemas planetarios como el nuestro.
Captar suficiente luz del espectro de una enana blanca tan tenue, y hacerlo lo bastante rápido para no perderse un tránsito que dura apenas 8 minutos, es algo que solo el Webb puede lograr, según explica Victoria Boehm, coautora del estudio en la Universidad de Cornell.
Una órbita que no debería existir
WD 1856 b está a solo 80 años luz de la Tierra y tiene entre cuatro y once veces la masa de Júpiter. Lo raro es que orbita una enana blanca del tamaño de nuestro planeta, completando una vuelta cada 1,4 días. Christopher O’Connor, de la Universidad Northwestern, lo define como uno de los sistemas más extraños que se conocen. El planeta no debería haber sobrevivido a la fase de gigante roja de su estrella, cuando estos astros se hinchan más de 100 veces su tamaño y engullen todo lo cercano.
Una fiebre que no se apaga
Otro detalle desconcertante es la temperatura, unos 400 grados Kelvin, es decir 127ºC, unos 240 grados más de lo que explicaría la luz de la enana blanca. Al cruzar los datos del James Webb con modelos de enfriamiento planetario, O’Connor calculó que el planeta se calentó al acercarse a su estrella, entre 3 y 5.500 millones de años después de que esta muriera. Ryan MacDonald, de la Universidad de St. Andrews, resume la sensación: es como usar una máquina del tiempo para ver el futuro lejano del sistema solar. Sus resultados muestran que la muerte estelar no siempre es el final.
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Imagen: agenciasinc.es
