Que existan dos planetas gaseosos con una densidad menor que la del algodón de azúcar suena casi a broma, pero es justo lo que ha encontrado un equipo internacional liderado por la Universidad de Oxford. El estudio, aparecido en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, describe dos cuerpos bautizados como TOI-791 b y TOI-791 c, dos mundos tan poco densos que los propios investigadores los llaman directamente “superesponjosos”.
Estos planetas orbitan una estrella enana situada a 1.110 años luz de la Tierra, en la constelación austral de Volans. Tienen el tamaño de Júpiter, pero ahí terminan los parecidos. El primero presenta una densidad de apenas 0,038 gramos por centímetro cúbico, y el segundo se queda en 0,047. Para poner las cosas en perspectiva, la densidad media de Júpiter es de 1,33 gramos, entre 28 y 35 veces más. Y el algodón de azúcar, ese del que hablábamos, ronda los 0,05 g/cm³. La Tierra, por su parte, alcanza los 5,5.
“Lo emocionante de estos planetas superinflados es que no sabemos con certeza cómo se formaron ni cómo llegaron a tener densidades tan bajas”, explica George Dransfield, autora principal e investigadora de Oxford. Una de las teorías apunta a que nacieron en una zona del disco protoplanetario con más gas disponible, lo que les habría permitido acumular un volumen enorme en poco tiempo.
Planetas hermanos y un laboratorio cósmico poco común
Estos dos mundos son hermanos y se cree que se formaron juntos. Además, están atrapados en una resonancia de movimiento medio: por cada cinco vueltas que da el planeta interior, el exterior completa tres. Esa danza gravitatoria es precisamente lo que ha permitido calcular sus masas. Solo se conocen otros cuatro sistemas con múltiples planetas superligeros, así que esta pareja se convierte en un laboratorio raro para estudiar formación y evolución.
El truco para medirlos fue el tránsito. Cada vez que un planeta pasa frente a su estrella, atenúa un poco su luz, y las pequeñas variaciones en ese cronometraje revelan el tirón gravitatorio mutuo. El trabajo se apoyó en ocho años de observaciones, con el invierno antártico como aliado: sus meses de oscuridad continua permitieron capturar tránsitos de más de 11 horas, los más largos vistos desde la Tierra.
Sobre la composición, todavía hay debate. La hipótesis principal habla de enormes envolturas de hidrógeno y helio, capaces de mantenerlos tan inflados. Pero hasta no contar con observaciones del telescopio James Webb, nada es seguro. El equipo ya planea estudios de seguimiento para entender cómo nacieron y descartar otras lecturas.
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Imagen: agenciasinc.es
