La soberanía digital dejó de ser una idea abstracta el día en que EEUU ordenó a Anthropic suspender el acceso a Fable 5. El modelo volvió a estar disponible poco después, aunque con cambios, pero el episodio bastó para hacer tangible una amenaza de la que Europa llevaba años hablando sin que nadie la tocara con las manos. Sobre esto conversamos con Andreas Prins, director global de Soluciones Soberanas de SUSE, quien explica por qué la respuesta política sigue llegando tarde frente a un problema que ya está aquí.
El aviso que despertó a las empresas europeas
La suspensión de Fable 5 y Mythos, los modelos más potentes de Anthropic, marcó un antes y un después. Según Prins, lo más interesante fue la toma de conciencia de las empresas. Antes se hablaba de resiliencia e independencia en teoría, pero nunca al punto de que un gobierno retirara de forma efectiva un software. De repente, dice, la gente se dio cuenta de que la dependencia es real. Los mismos directivos que corrían a implementar Gemini, Anthropic u OpenAI ahora se preguntan otra cosa. Probablemente no necesitan el modelo más nuevo y espectacular, necesitan uno que puedan controlar, que se ejecute en sus propias instalaciones y con código abierto que puedan auditar.
El susto no causó estragos por una razón simple, los modelos eran muy nuevos y no había dado tiempo a integrarlos en procesos críticos. Prins lo pone claro. Si la suspensión hubiera llegado tres o cinco meses después, con empresas operando sus chatbots y motores de decisión sobre esos modelos, el impacto habría sido enorme. Funcionó más como una señal de alerta temprana que como una crisis real. Detrás de todo, insiste, hay una cuestión de confianza. El deterioro de las relaciones entre EEUU y Europa a principios de año dejó una lectura incómoda, y el sentimiento hoy es bastante uniforme, ya no se confía en los proveedores estadounidenses y por eso se quieren construir alternativas propias.
La resiliencia como cálculo de riesgo
Para Prins la soberanía es sobre todo una evaluación de riesgo empresarial, no un asunto puramente técnico. Se pueden asumir riesgos tecnológicos, siempre que se haga de forma consciente. Lo ilustra con el caso de una empresa neerlandesa que dudaba entre mantener su respaldo en Países Bajos, con el riesgo de que la rotura de diques provocara inundaciones, o depender de un hiperescalador. La conclusión fue que el riesgo de inundación era menor que el de que un proveedor estadounidense desconectara el enchufe a clientes europeos.
Europa ya da sus primeros pasos con el Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica y la Cloud and AI Development Act, aunque coordinar a 27 países con intereses distintos será difícil. SUSE ha trabajado con Dinamarca, Francia, Alemania y Países Bajos, y su lectura es que el desacuerdo no está en el objetivo sino en la ejecución. Prins destaca a Noruega y Finlandia en defensa, cita proyectos como Penpot en España y advierte sobre el poder del lobby de las grandes tecnológicas. Sobre si la ciudadanía renunciará a Google o ChatGPT, es tajante. Honestamente no, salvo bloqueo, porque para la mayoría manda la comodidad. Para muchos organismos públicos, en cambio, ya no hay vuelta atrás.
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Imagen: xataka.com
