Durante años la siesta ha vivido a caballo entre el tópico mediterráneo y el consejo de productividad repetido mil veces, pero un nuevo estudio le da un peso que pocos esperaban. Echarse un rato por la tarde no es un capricho ni una costumbre de perezosos. Es, según esta investigación, un auténtico mecanismo de mantenimiento del cerebro, y encima de primer nivel.
La idea de partida era sencilla y a la vez ambiciosa. Un equipo quiso comprobar si un periodo breve de sueño diurno podía activar los mismos procesos de limpieza cerebral que se producen durante el descanso nocturno. La respuesta que obtuvieron fue un sí rotundo.
Por qué el cerebro pide un reinicio
Para entender lo que está en juego conviene hablar de la hipótesis de la homeostasis sináptica. Dice, más o menos, que desde el momento en que abrimos los ojos el cerebro no para de procesar información. Cada dato nuevo, cada estímulo, refuerza las conexiones entre neuronas. El caso típico es el del opositor que intenta memorizar un temario interminable.
El problema aparece cuando ese refuerzo continuo empieza a pasar factura. Consume una barbaridad de energía y ocupa espacio físico y metabólico. Llega un punto del día en que el cerebro está saturado, con una excitabilidad cortical tan alta que la capacidad de fijar información nueva cae en picado. Ahí es cuando el sistema, literalmente, reclama un reinicio para seguir funcionando.
Lo que vieron en el laboratorio
En el experimento participaron 20 adultos jóvenes. Nada de encuestas sobre cómo de descansados se sentían. El equipo optó por mediciones físicas directas mediante Estimulación Magnética Transcraneal, para medir la excitabilidad corticoespinal, y electroencefalogramas para seguir la actividad cerebral.
A los participantes se les evaluó primero entre las 13:15 y las 14:15, después de un buen rato despiertos, y luego tras una siesta de 45 minutos. Los análisis mostraron algo claro. El cerebro había hecho limpieza. Las conexiones irrelevantes se debilitaron, bajó el ruido de fondo y el sistema volvió a un estado óptimo para crear conexiones nuevas.
Y hay más. Al soltar esa carga, las neuronas recuperaron una enorme capacidad para inducir la Potenciación a Largo Plazo. Traducido, el cerebro quedó de nuevo en condiciones ideales para formar una memoria duradera.
Sobre la duración hay matices interesantes. El mantra de siempre habla de los veinte minutos para recobrar rápido el estado de alerta. Pero este trabajo apunta a que, para una verdadera recalibración de la plasticidad en la corteza, entrar en un ciclo de unos 45 minutos permite que los mecanismos de consolidación de memoria trabajen a fondo. Descansar durante el día, entonces, no es cosa de vagos, sino un sistema de recalibración que puede disparar el rendimiento al estudiar o al trabajar.
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Imagen: xataka.com
