La genética de la obesidad acaba de poner patas arriba una idea que llevábamos décadas repitiendo sin cuestionarla. Que el sobrepeso fuera una cuestión de fuerza de voluntad, de comer demasiado o moverse poco, era la explicación cómoda. Pero dos estudios recientes apuntan en otra dirección y lo hacen con números que sorprenden incluso a quienes llevan años estudiando el tema. La forma en que nos relacionamos con la comida y el tamaño de nuestro cuerpo desde la infancia no siempre son una elección. En buena parte, vienen escritos en el ADN y amplificados por el mundo que nos rodea.
El peso que se hereda sin darnos cuenta
El primero de estos trabajos, publicado en PLOS Medicine, siguió a 86.000 niños de la cohorte noruega MoBa. La pregunta era sencilla en apariencia. Hasta qué punto el IMC de los padres marca el tamaño corporal y los hábitos alimentarios de los hijos a los ocho años. Y aquí llegó lo inesperado. Con modelos estadísticos complejos, los investigadores vieron que la genética explica alrededor del 79 por ciento de la relación entre el IMC de la madre y el del hijo. En el caso del padre, la cifra se dispara hasta cerca del 94 por ciento.
Traducido a algo más terrenal, cuando la obesidad se repite de padres a hijos no es principalmente porque “en esa casa se coma mal”. Lo que se transmite son variantes genéticas que regulan cosas muy concretas, desde el metabolismo basal hasta los mecanismos cerebrales que controlan la saciedad y la sensación de recompensa al comer. No es un capricho, es fisiología.
El ambiente que aprieta el gatillo
Queda una duda razonable. Si los genes pesan tanto, ¿por qué las tasas de obesidad se han disparado si nuestro genoma apenas ha cambiado? La respuesta la da el segundo estudio, publicado en PLOS Genetics, que analizó cuatro grandes cohortes británicas de personas nacidas en 1946, 1958, 1970 y 2001. Lo que encontraron fue revelador. Las variantes genéticas ligadas a la obesidad se han vuelto mucho más predictivas del IMC en las generaciones recientes. Tener predisposición en los años cuarenta no condenaba a nadie, porque el entorno no acompañaba. Nacer con esa misma carga en 2001 es otra historia.
Aquí entra en juego lo que los epidemiólogos llaman el ambiente obesogénico. Ciudades sedentarias, estrés crónico, sueño alterado y, sobre todo, comida ultraprocesada barata, calórica y disponible a cualquier hora. El entorno moderno funciona como el gatillo de un arma que la genética ya tenía cargada.
Todo esto choca de frente con el estigma social. Organizaciones como la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad llevan tiempo pidiendo que se abandone el “come menos y muévete más” como única frase que se escucha en las consultas. Entender la obesidad como una condición con raíz genética profunda y muy condicionada por el entorno cambia por completo las reglas del juego.
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Imagen: xataka.com
