New Horizons despierta a 9.500 millones de kilómetros y manda su señal a Madrid
La sonda New Horizons volvió a dar señales de vida tras 321 días de hibernación, y lo hizo desde un punto tan remoto del Sistema Solar que cuesta imaginarlo. Casi 9.500 millones de kilómetros nos separan de esa nave que partió en enero de 2006, dejó atrás Plutón y siguió empujando hacia una región que apenas conocemos. El 23 de junio ejecutó una secuencia de instrucciones cargada antes de dormirse y salió sola de su letargo. Nadie tuvo que darle una orden esa mañana. Cuando la estación de la Red del Espacio Profundo cercana a Madrid recibió el mensaje, habían pasado unas 8 horas y 52 minutos desde el despertar. Nada de imágenes espectaculares. Solo un aviso sobrio: estoy bien, sigo en pie.
Hibernar, en este caso, no significaba apagarlo todo y cruzar los dedos. Buena parte de los sistemas quedó desconectada para gastar menos y desgastarse menos, pero el ordenador de vuelo siguió vigilando mientras la nave giraba estable sobre sí misma. Una vez por semana enviaba una baliza sencilla para decir que todo iba en orden. El cerebro que quedaba al mando no se parece a lo que llevamos en el bolsillo. Se apoya en un procesador Mongoose V de 12 MHz, blindado contra la radiación y pensado para aguantar más que para correr. A esa distancia la autonomía no es un extra, es la única forma de sobrevivir. Ante un fallo, la sonda puede recuperarse sola, pasar a componentes de respaldo o pedir ayuda.
Una máquina que aprende a durar lejos de casa
Guardar información también es un arte cuando se viaja tan lejos. Las observaciones se almacenan en dos unidades de estado sólido de 8 GB, una principal y otra de reserva, mientras el ordenador las organiza y comprime para enviarlas más tarde. Comparado con nuestros teléfonos, parece ridículo. En el espacio profundo, obliga a medir cada byte. Y luego está la energía. New Horizons no lleva paneles solares, sino un generador termoeléctrico de radioisótopos que aprovecha el calor del plutonio-238 para producir electricidad. Esa potencia baja poco a poco con los años, así que encender cada instrumento es una decisión.
Apuntar hacia nosotros tampoco es sencillo. La nave observa las estrellas, las compara con un catálogo guardado a bordo y calcula hacia dónde mira. Después, unos pequeños propulsores giran todo el vehículo para alinear la antena principal con la Tierra, porque esa antena no se mueve por su cuenta. Solo entonces los datos empiezan un viaje de casi nueve horas. Lo curioso es que, incluso dormida, la sonda hacía ciencia. Tres instrumentos, SWAP, PEPSSI y el contador Venetia Burney, siguieron midiendo partículas, plasma y polvo. Antes de su último sueño recibió además una actualización de la protección frente a fallos, para aguantar la caída de potencia y las demoras cada vez mayores. Su despertar no fue un truco suelto, sino el fruto de veinte años aprendiendo a mantenerla viva desde la distancia, mientras avanza hacia el exterior tras visitar Plutón y Arrokoth.
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Imagen: xataka.com
