El aire acondicionado se ha transformado en un asunto de Estado en Francia, y quien lo hubiera dicho hace apenas unos años. Las olas de calor que están golpeando Europa han hecho saltar por los aires un tabú cultural. En un país que siempre miró con cierta desconfianza la climatización artificial, los ventiladores de techo y las persianas bajadas ya no bastan. Con temperaturas rozando los 40 ºC y una población poco habituada a semejante agobio, han empezado a llover las promesas.
Un debate que rompe las líneas políticas
Lo curioso es cómo este tema ha dinamitado las fronteras ideológicas del país. Por un lado, el partido liderado por Marine Le Pen ha puesto sobre la mesa un plan climático que defiende una climatización casi para todos. Por el otro, el bloque verde, que siempre se opuso a estos aparatos por su huella ambiental, ha tenido que tragar saliva y reconocer que en ciertos casos el aire acondicionado ya es una medida inevitable.
Y las cifras ayudan a entender la magnitud del asunto. Desde Agrupación Nacional, el partido de Le Pen, se ha planteado un fondo de préstamos a interés cero de 20.000 millones de euros para que entre 30 y 40 millones de hogares puedan instalar sistemas como las bombas de calor reversibles y mejorar su aislamiento. Estamos ante una jugada política de manual, porque prometer alivio en pleno calor asfixiante es un imán de votos. El problema es que estas medidas chocan de frente con los planes de adaptación climática que ya están en marcha.
El círculo vicioso de la climatización masiva
Aquí es donde la cosa se complica. La climatización masiva dispara el consumo energético y las emisiones, salvo que la red sea totalmente renovable o nuclear. Pero negar el aire acondicionado a la gente vulnerable, pensemos en los hospitales, es un riesgo de salud pública imposible de asumir. De ahí que el discurso ecologista haya pasado de la prohibición a la resignación.
Medios locales como Le Monde o el Instituto de Economía del Clima han sido tajantes al hablar de mala adaptación. Es decir, una solución a corto plazo que agrava el problema a largo plazo. Y tiene su lógica, porque un aparato de aire acondicionado no destruye el calor, solo lo saca de dentro de casa y lo escupe a la calle.
Modelos climáticos en ciudades densas como París han demostrado que, si todos los edificios encendieran el aire a la vez durante una ola de calor, la temperatura en la calle podría subir entre 1 ºC y 2 ºC más. Y mientras quienes pueden pagarlo se refrescan en el salón, quienes no tienen recursos quedan atrapados en una isla de calor urbana mucho más agresiva.
Más allá de las promesas electorales, con las presidenciales a la vuelta de la esquina, la hoja de ruta francesa trabaja pensando en un escenario de calentamiento de +4 ºC. Para ello se plantea renovar el aislamiento de los edificios, sustituir el asfalto por árboles y crear sistemas de refrigeración urbana con redes de agua fría subterránea centralizadas, más eficientes y menos dañinas que millones de aparatos colgados de las fachadas.
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Imagen: xataka.com
