Cuando un Falcon 9 de SpaceX estalló en Cabo Cañaveral en 2016 y se llevó por delante el satélite Amos 6 de comunicaciones de Israel, lo que evitó un desastre financiero total fue precisamente un seguro espacial. El incidente costó casi 290 millones de euros, una cifra que sin una póliza detrás habría hundido a más de uno. Y aquí está el punto interesante: cada vez que un cohete falla, hay una industria que crece. China lo ha entendido perfectamente y ahora quiere ser la dueña de ese negocio.
De cliente a aseguradora, el giro de Pekín
Durante años China aseguró sus satélites a través de la aseguradora estatal PICC, pero buena parte del riesgo real lo absorbía el mercado internacional a través del reaseguro. Así que cuando el ChinaSat 18 falló en 2019, fueron aseguradoras extranjeras las que pagaron parte del golpe. China abonaba las primas y el dinero se quedaba en Londres y París, donde se concentra el negocio del reaseguro espacial.
Todo cambió en marzo de 2025. Un consorcio de Pekín cubrió en su primer año 25 lanzamientos privados por unos 1.350 millones de euros, reuniendo aseguradoras domésticas para que el dinero y el control se quedaran en casa. Es el primer consorcio dedicado en exclusiva al sector aeroespacial comercial chino. La jugada recuerda mucho a la que ya usó con los semiconductores o las baterías: empuje estatal para lograr independencia estratégica. De hecho, Shanghái destinó 300 millones de yuanes en subvenciones al sector aeroespacial comercial en abril de 2025 y Pekín ha anunciado subsidios específicos a las primas de seguro para empresas espaciales.
Por qué controlar este negocio importa tanto
La lógica es sencilla. Sin seguro no hay inversión, y sin inversión no hay cohetes. Un satélite geoestacionario cuesta entre 140 y 370 millones de euros entre fabricación y lanzamiento, así que un fallo puede significar la quiebra del operador. Tener una póliza se convierte en condición indispensable para que cualquier inversor se anime a poner dinero en un proyecto espacial. Quien controla el seguro espacial controla quién puede asumir ciertos riesgos y cómo.
Este es un mercado que mueve más de 3.700 millones de euros al año y que durante décadas estuvo cerrado y dominado por Europa, con nombres como Munich Re, Swiss Re o AXA XL, y concentrado en Londres, París y Bermudas. Lloyd’s of London lleva asegurando satélites desde 1965. SpaceX lo cambió todo con más lanzamientos y menor coste unitario, y ahora los nuevos lanzadores privados chinos como LandSpace, CAS Space o Space Pioneer empujan una transformación distinta: que todo quede en casa.
La gran ventaja del consorcio chino es que puede asumir riesgos donde otras aseguradoras ponen pegas. Las primas de lanzamiento oscilan entre el 5 y el 15 por ciento del valor asegurado según el vehículo y la órbita, y para cohetes nuevos sin historial son muy altas. Un dato revelador: de 10.000 satélites activos en órbita, solo 300 tienen seguro. SpaceX ni siquiera asegura externamente su propia Starlink.
El mercado en el que China quiere entrar con todo, eso sí, no atraviesa su mejor momento. En 2024 pagó más en siniestros de lo que ganó en primas, en parte por la pérdida del Intelsat 33e, y la cosa va a empeorar porque la basura espacial crece más rápido que la capacidad de calcularla. A esto se suma la normativa OFAC del Departamento del Tesoro estadounidense: cuando un cohete chino falla, las aseguradoras americanas y europeas no siempre pueden pagar porque las sanciones occidentales les prohíben operar con ciertos activos chinos, dejando un mercado fragmentado.
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Imagen: xataka.com
