Cuando alguien piensa en Nokia, seguramente le vienen a la mente aquellos teléfonos indestructibles que dominaban el mercado hace un par de décadas. Pero para entender quién es el dueño de Nokia hoy, conviene quitarse la venda de los ojos. Ya no es la empresa de móviles que todos recordamos, sino un gigante de la infraestructura digital que sostiene buena parte de la conectividad mundial.
A diferencia de otras firmas que pertenecen a un solo magnate, Nokia es una sociedad anónima pública. Esto quiere decir que no tiene un único propietario. Pertenece a una multitud de accionistas que compran y venden participaciones en los mercados bursátiles de Nueva York y Helsinki. La gestionan un consejo de administración y un equipo directivo, no una sola persona con el bolsillo lleno.
De la pulpa de madera a la era dorada del móvil
La historia arranca en 1865. Por aquel entonces Finlandia estaba bajo el mando del Imperio ruso y un ingeniero llamado Fredrik Idestam montó una fábrica de pulpa de madera para hacer papel. La segunda planta se levantó junto al río Nokianvirta, y de ahí salió el nombre que hoy conocemos. Con los años la empresa no se quedó quieta. A principios del siglo XX se fusionó con una fábrica de caucho que hacía desde botas hasta neumáticos, y más tarde llegaron los cables telefónicos.
La verdadera chispa saltó en los años 60, cuando el departamento de electrónica empezó a experimentar con las radiotransmisiones. Durante los 70 y los 80 la compañía apostó por la digitalización y creó el sistema DX 200, algo puntero para la época. En 1981 fueron pioneros con el primer servicio de telefonía móvil nórdico, que permitía hacer roaming entre países. Desde el pesado Senator de 1982, que rozaba los 10 kilos, hasta el Mobira Cityman, Nokia fue reduciendo tamaño y peso hasta convertirse en el vendedor número uno de móviles en 1998.
El declive, el pacto con Microsoft y la Nokia actual
No todo fue bonito. A finales de los 2000, la llegada de Apple con iPhone y de Google con Android pilló a la empresa con el pie cambiado. Tenían un hardware increíble pero fallaron en el software. Lo intentaron con Symbian y luego con una alianza con Microsoft para usar Windows Phone, sin éxito. En abril de 2014 acabaron vendiendo su división de dispositivos a Microsoft por unos 5.440 millones de euros. Muchos pensaron que era el final, pero fue un borrón y cuenta nueva.
Sin los móviles, la compañía se centró en lo que mejor sabe hacer: la infraestructura. Compró Alcatel-Lucent en 2015 por 15.600 millones de euros, integrando también los legendarios Bell Labs. Hoy su negocio gira en torno a Nokia Networks, que despliega redes 5G por medio planeta, y Nokia Technologies, que vive de las licencias de sus patentes. Han firmado acuerdos con la NASA para llevar 4G a la Luna y alianzas con Nvidia y Supermicro para meter inteligencia artificial en los centros de datos. En 2023 renovaron incluso su logotipo para dejar de asociarse solo con teléfonos antiguos.
En cuanto a quién lleva el timón, hubo relevo en la cúpula. Pekka Lundmark, que había recuperado la competitividad en el terreno 5G, cedió el cargo a Justin Hotard el 1 de abril de 2025. Hotard llega con un bagaje notable tras pasar por Intel y HPE, con la mirada puesta en la IA y la computación de alto rendimiento. La junta directiva está presidida por Sari Baldauf, y el rumbo es claro: convertirse en el soporte invisible de la sociedad digital, desde cables submarinos hasta redes privadas para la industria y la defensa.
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Imagen: androidayuda.com
