Threadripper para gaming sigue siendo, año tras año, una de esas decisiones de compra que parecen brillantes sobre el papel y que en la práctica se traducen en dinero tirado a la basura. Montar un PC pensado solo para jugar apoyándose en la cantidad de núcleos e hilos es un error común, porque esos números impresionan pero no cuentan toda la historia. Influyen en el rendimiento, claro, pero no en todas las tareas, y desde luego no en los videojuegos.
La familia AMD Ryzen Threadripper llega hasta 96 núcleos y 192 hilos. Una auténtica bestialidad. El problema es que está pensada para estaciones de trabajo y servidores, que es donde de verdad se le exprime cada gota de potencia. Usar semejante procesador para un equipo de gaming equivale, básicamente, a quemar billetes, porque nunca vas a aprovechar todo lo que puede dar. Y no lo vas a hacer por una razón sencilla, no es un chip diseñado para jugar, por muchos núcleos que ponga sobre la mesa. Para eso ya existe la gama Ryzen X3D.
Muchos núcleos para jugar no sirven de nada
Aquí está el meollo del asunto. Los juegos modernos están optimizados para procesadores de 6 y 8 núcleos, así que meter uno con muchísimos más no se traduce en mejor rendimiento. Y esto ocurre por dos motivos bastante claros. El primero es la ley de rendimientos decrecientes. A partir de 8 núcleos los FPS dejan de subir, punto. Usar un Threadripper para jugar significa que buena parte de esos núcleos se quedan ahí, sin hacer absolutamente nada.
El segundo motivo tiene que ver con las frecuencias de reloj y la latencia. Para mantener a raya el consumo térmico y energético, estos procesadores funcionan a frecuencias más bajas que uno de uso doméstico. Y encima, la comunicación interna entre los distintos chips añade una latencia extra, que es precisamente el peor enemigo de los videojuegos. Ya pasó algo parecido hace años con los Xeon de Intel. Mucha gente los montaba en su PC gaming convencida de que, al ser chips de servidor, rendirían más. La realidad era justo la contraria.
Un consumo energético que se dispara
Y luego está la factura de la luz, que no es un detalle menor. Un procesador gaming de gama alta actual se mueve entre 65W y 120W mientras juegas. Un Threadripper, en cambio, arranca desde un TDP de 350W, y en los picos de carga se va todavía más arriba. La diferencia es abismal.
Eso arrastra una cadena de consecuencias nada agradables. Necesitas una fuente de alimentación más potente, la factura eléctrica sube, los ventiladores trabajan siempre al máximo y el calor que suelta el equipo termina notándose en la propia habitación. No es casualidad que en los centros de datos el gasto energético no venga solo de los procesadores, sino también de los sistemas de refrigeración que hacen falta para mantener la temperatura ambiental bajo control.
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Imagen: hardzone.es
