AMD Zen es la arquitectura que cambió por completo el destino de una empresa que en 2016 parecía condenada a desaparecer. Diez años después de aquel anuncio, vale la pena mirar atrás y entender por qué este diseño se convirtió en un punto de inflexión para toda la industria. Fue presentada oficialmente el 18 de agosto de 2016 y llegó al mercado de consumo general a mediados de 2017, pero para comprender su verdadero peso hay que recordar cómo estaban las cosas antes de su aparición.
Antes de Zen, muchos piensan que AMD jamás había superado a Intel de forma clara. La realidad es distinta. A finales de 2004 la compañía puso contra las cuerdas a su rival con los Athlon 64, los primeros en dar el salto a los 64 bits. El rendimiento era tan bueno que los Pentium 4 no tenían nada que hacer. Basta con un dato: un Athlon 64 3000+, que trabajaba a 1.800 MHz, era capaz de superar a un Pentium 4 a 3.000 MHz. Aquello permitió a AMD atreverse con modelos premium como los Athlon 64 FX, auténtico objeto de deseo de la época.
De los Athlon 64 a la caída con Bulldozer
La buena racha continuó con los Athlon 64 X2, los primeros procesadores de doble núcleo con diseño monolítico, que dejaban en ridículo a los Intel Pentium D. Todo cambió cuando Intel rompió el molde con la arquitectura Conroe y los Core 2 Duo, uno de los mayores saltos de IPC vistos jamás en el mundo x86. AMD intentó aguantar el tipo con las arquitecturas K9 y K10, que dieron vida a los Phenom, con configuraciones de hasta 6 núcleos en consumo, pero muy por detrás de Intel a nivel de rendimiento por ciclo.
El plan para recuperar terreno se llamaba Bulldozer, y sobre el papel parecía tenerlo todo. Prometía hasta 8 núcleos y 8 hilos, soporte para instrucciones vectoriales avanzadas AVX, que en 2011 eran toda una novedad, y frecuencias por encima de los 4 GHz. El problema fue su diseño modular de recursos compartidos. Los núcleos de enteros se agruparon en bloques de dos, compartiendo la caché L1 de 64 KB, los 2 MB de L2 y una unidad de coma flotante. El resultado fue un IPC tan bajo que quedaba incluso por debajo de la última revisión de K10. Ni siquiera subir la velocidad por encima de los 4 GHz sirvió de algo, y las revisiones Piledriver, Steamroller y Excavator tampoco lograron enderezar la situación. AMD llegó a ver sus acciones por debajo de un dólar, con la sombra de la quiebra y rumores de una posible compra por parte de Samsung.
El diseño modular que lo cambió todo
Lo curioso es que el mismo concepto de CPU modular que casi hunde a la empresa fue el que acabó salvándola. AMD sabía que tenía algo enorme entre manos, tanto que lo adelantó en mayo de 2015 ante inversores y analistas, aunque no lo detalló del todo hasta agosto de 2016. Zen partía de un diseño escalable capaz de llegar hasta 16 núcleos y 32 hilos con el Threadripper 1950X, mientras que en consumo lo más potente fueron los Ryzen 7 1800X, 1700X y 1700, con 8 núcleos y 16 hilos fabricados en 14 nm.
La clave estaban en las unidades CCX, bloques de cuatro núcleos y ocho hilos conectados mediante Infinity Fabric, con 512 KB de caché L2 por núcleo y 8 MB de L3. Este enfoque hacía que los procesadores fuesen baratos de producir, porque AMD solo dependía de chips sencillos de 4 núcleos y 8 hilos con alta tasa de éxito.
Los números hablan por sí solos. Zen superó el IPC de Bulldozer en un 52 por ciento, dio el salto a la DDR4 y democratizó los 8 núcleos y 16 hilos. El Ryzen 7 1700 salió a 369 euros, mientras que el equivalente de Intel en núcleos e hilos superaba los 1.000 euros. Esa comparación explica el golpe de autoridad que supuso. No consiguió batir a Skylake en rendimiento monohilo, pero sentó las bases para todo lo que vino después. Con Zen+ llegó una evolución menor, y la auténtica revolución fue Zen 2, que externalizó la unidad CCX y la convirtió en chiplet CPU. Ya con Zen 3 AMD superó a Intel tanto en monohilo como en multihilo, colocando al gigante de Santa Clara en una posición muy incómoda.
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Imagen: muycomputer.com
