Transbordador espacial: el sueño de la NASA que nunca fue tan simple

El histórico programa que prometió hacer del espacio un viaje rutinario y cambió para siempre nuestra forma de llegar a la órbita.

by Tecnoandroid
Transbordador espacial: el sueño de la NASA que nunca fue tan simple

El transbordador espacial fue, durante casi tres décadas, la nave que hizo parecer el viaje a la órbita casi tan familiar como coger un avión: despegar, cumplir una misión y volver a una pista. Nunca lo fue de verdad, aunque nos acostumbramos a verlo así. La NASA lo montó acoplado a un enorme tanque externo y a dos aceleradores sólidos, capaz de trabajar en órbita y obligado a regresar planeando, sin margen para un segundo intento. Ahí empieza su rareza. No construyeron solo una nave, sino una promesa técnica muy difícil de mantener: hacer que llegar al espacio dejara de ser algo tan excepcional.

Cuando Atlantis se detuvo en Florida el 21 de julio de 2011, el programa no terminó con un estallido, sino con una maniobra precisa sobre una pista. La imagen tenía algo de final inevitable. Aquel sistema había lanzado satélites, llevado astronautas, servido de laboratorio y ayudado a montar la Estación Espacial Internacional. Desde entonces hemos aprendido a reutilizar cohetes y a mandar tripulaciones en cápsulas comerciales, pero no hemos vuelto a juntar tantas funciones en un único vehículo.

El sueño de convertir el espacio en un destino al que volver

Para entender esa ambición hay que retroceder a 1972, cuando Estados Unidos decidió que el siguiente gran paso tras Apolo no sería otra carrera lunar, sino un vehículo reutilizable para operar en la órbita terrestre. La idea era sencilla sobre el papel: si una misma nave se usaba una y otra vez, el acceso al espacio saldría más barato, más rápido y más frecuente. Ya sabemos que la ecuación no salió como esperaban, pero entonces ofrecía una salida lógica a una pregunta enorme, qué hacer con el programa espacial una vez cerrada la etapa heroica de la Luna.

Para que aquello funcionara, la NASA tuvo que tragar con una arquitectura menos limpia de lo que sugería la palabra reutilizable. Solo una parte volvía intacta, otra se recuperaba tras el lanzamiento y el depósito central se perdía en cada vuelo. Y luego estaba lo terrenal: la política, el presupuesto y las exigencias del Departamento de Defensa, interesado en ciertas capacidades orbitales. Por eso su forma acabó siendo tan reconocible. Las alas no estaban para parecer un avión, sino para maniobrar durante el regreso y aterrizar con cierto desplazamiento lateral. La bodega de carga, de unos 18 metros, servía para transportar satélites y piezas que no cabían en una cápsula.

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Una máquina brillante y llena de concesiones

El Shuttle no fue irrepetible solo por su silueta, sino porque intentaron convertirlo en herramienta para casi todo. Esa complejidad se veía sobre todo al final. Tras la reentrada, el orbitador ya no tenía motores para corregir la aproximación: administraba la energía que le quedaba y la convertía en una llegada limpia. A unos tres kilómetros de la pista podía avanzar a casi 580 km/h con una pendiente de unos 22 grados. Lo del “ladrillo con alas” cobra sentido.

Detalles curiosos hay unos cuantos. En fotos antiguas el tanque aparece blanco, no naranja: los dos primeros vuelos de Columbia usaron esa pintura, retirada desde STS-3 para ahorrar unos 272 kilos. La protección térmica, con losetas cerámicas y mantas aislantes, convertía cada misión en una inspección minuciosa. Y la factura fue el gran problema. La NASA habló al principio de menos de 10 millones de dólares por vuelo, unos 9 millones de euros de la época. Décadas después, Roger Pielke Jr. y Radford Byerly estimaron un coste medio de unos 1.200 millones de dólares de 2010 por lanzamiento, cerca de 1.100 millones de euros, y unos 1.500 millones, alrededor de 1.380 millones de euros, si se contaba toda la vida del programa.

Por eso su final no fue solo la retirada de una flota. Fue el cierre de una forma de pensar el acceso humano a la órbita, puesta en duda por Challenger, golpeada de nuevo por Columbia y demasiado cara para el objetivo con el que nació. Buran fue el único reflejo comparable, pero quedó en un vuelo automático. X-37B y Dream Chaser conservan parte de la intuición del avión espacial, y Starship apuesta por la reutilización a gran escala. Ninguno recupera el paquete completo.

Fuente
Imagen: xataka.com

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