Caminar por cualquier ciudad española durante el verano significa, casi con seguridad, pisar una alfombra de flores blancas de color crema esparcidas por la acera. Ese fenómeno tan curioso tiene un culpable con nombre y apellido botánico. Se trata del Styphnolobium japonicum, más conocido popularmente como acacia del Japón, un habitual del arbolado urbano que ensucia bastante pero que está ahí por muy buenas razones.
Por qué los ayuntamientos lo eligen tanto
La pregunta es lógica. Si mancha tanto, por qué ciudades como Zaragoza, Barcelona o Murcia insisten en plantarlo en avenidas asfaltadas. La respuesta tiene que ver con su fisiología adaptativa, algo que las fichas técnicas confirman al catalogarlo como una especie muy tolerante a la contaminación urbana. Aguanta la polución del tráfico, las islas de calor, la sequía y también los suelos pobres o muy compactados, esos que dan tantos problemas en el asfalto.
A todo esto se suma otro punto a favor nada menor. Ofrece una sombra densa justo durante los meses más duros del año, lo que lo convierte en un candidato casi perfecto para las alineaciones viales. Su único talón de Aquiles es precisamente esa caída masiva de flores y, más tarde, de frutos carnosos en zonas peatonales. Molesta, ensucia y obliga a un mantenimiento constante, pero por lo demás el balance sigue siendo muy positivo.
Una floración tardía y con función ecológica
Mientras la mayoría del arbolado urbano florece en primavera, este árbol guarda su energía para el calor. Su floración tardía llega entre junio y agosto, en plenos días de temperaturas altas. Y no es solo estética. Sus pequeñas flores papilionáceas son muy melíferas, así que durante semanas la copa se llena de abejas y otros polinizadores. Una función ecológica importante en una época donde escasean otras fuentes de néctar en la ciudad.
Sus frutos tienen forma de legumbre estrangulada, algo parecido a un collar de perlas, y se quedan colgados en las ramas mucho tiempo, alargando el valor ornamental hasta bien entrado el invierno. Curiosamente, el nombre popular esconde un error. No es una acacia, y su epíteto japonicum tampoco cuadra del todo porque su origen real está en las regiones de China central y meridional, no en Japón. Llegó a Europa mucho después y allí se popularizó por sus cualidades biológicas.
Otro detalle a tener en cuenta es su toxicidad. En la etnobotánica y la medicina tradicional asiática se le han atribuido propiedades medicinales, y de hecho contiene compuestos antiinflamatorios, antioxidantes y antibacterianos. El problema es que algunas partes, como el fruto crudo, resultan tóxicas, por lo que su manejo debe quedar en manos de la industria farmacéutica y lejos de cualquier remedio casero.
Fuente
Imagen: xataka.com
