Una camiseta negra puede darte menos calor que una blanca, y sí, aunque suene raro, la ciencia lleva décadas explicando por qué. Cuando llega el verano y los termómetros se disparan, casi todos corremos al armario a por prendas claras. La lógica parece sólida, ya que los colores claros reflejan la luz mientras los oscuros la absorben y la convierten en calor. El problema es que esa idea, tan repetida, olvida un montón de factores que pesan igual o más que el color.
El misterio de los beduinos y el efecto chimenea
Para entender de verdad qué pasa hay que viajar hasta los desiertos de Oriente Medio. Allí los beduinos, expuestos a temperaturas brutales, se cubren con pesadas túnicas negras. Con nuestra lógica, sería el peor error posible, y las túnicas blancas deberían mandar. Pues no. Estos pueblos llevan siglos enseñándonos que hay que dejar de mirar solo el color de la tela y empezar a fijarse en algo mucho más interesante, la aerodinámica.
En 1980, la revista Nature publicó un estudio que hoy se considera un clásico de la fisiología térmica. Un grupo de investigadores se plantó en el desierto del Sinaí para comprobar por qué los locales desafiaban el sentido común. Midieron la ganancia de calor en personas a pleno sol vistiendo una túnica blanca y una túnica negra tradicional. El resultado sorprendió a más de uno. La negra absorbía más radiación y su superficie se calentaba bastante más, pero el calor neto que llegaba a la piel era idéntico con los dos colores.
La clave está en la holgura de la ropa y en la convección. Al calentarse más la superficie de la túnica negra, el aire atrapado entre la tela y la piel también sube de temperatura. Y ese aire caliente, al ser menos denso, asciende y escapa por el cuello, creando una presión negativa que aspira aire fresco desde abajo. Es el llamado efecto chimenea, una especie de ventilación activa que funciona sola.
La holgura y el tejido mandan más que el color
La conclusión del estudio deja poco margen a dudas. El color no es lo decisivo, lo que manda es cuánto se ciñe la prenda al cuerpo. Una camisa negra ajustada siempre será más calurosa que una blanca ajustada, cierto, pero la holgura es el factor que marca la diferencia. Ropa muy pegada al cuerpo, sea del color que sea, empeora el confort porque bloquea la convección natural.
Y luego está el material. Si tiramos de tejidos sintéticos como el poliéster, olvídate de transpirar. Aquí los aliados son el lino y el algodón, que ganan la batalla termodinámica sin discusión. Por eso el mejor conjunto para los días de más calor combina ropa holgada, de color claro y de un material que respire bien. Aunque, como acabamos de ver, el mito del negro en verano se cae solo cuando la prenda es lo bastante amplia.
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Imagen: xataka.com
