Cuando en 1919 se firmó el Tratado de Versalles, casi nadie habría apostado que aquella factura seguiría persiguiendo a Alemania hasta bien entrado el siglo XXI. La deuda de guerra alemana nació con el fin de la Primera Guerra Mundial y quedó fijada en 1921 en una cifra que todavía impresiona leerla: 132.000 millones de marcos oro. Para un país derrotado y con la economía por los suelos, aquello sonaba más a castigo que a compensación. Y lo era.
Una cuenta pensada para durar varias generaciones
Los vencedores, con Francia al frente, tenían un objetivo doble. Querían que Alemania pagara la destrucción que había provocado la guerra, sí, pero también dejarla tan tocada que no volviera a ser una amenaza militar. La cifra inicial llegó a plantearse en 269.000 millones antes de rebajarse a los 132.000 millones definitivos. Y en medio de todo esto, el artículo 231 del tratado se convirtió dentro de Alemania en el símbolo de la humillación. El economista John Maynard Keynes fue de los primeros en levantar la voz. Su advertencia era clara: cargar semejante peso sobre una economía ya exhausta podía desestabilizar no solo a Alemania, sino a toda Europa.
Durante los años veinte Berlín intentó ganar tiempo. Reducir, aplazar, renegociar. La República de Weimar vivía saltando de una crisis a otra, y los aliados terminaron aceptando reestructuraciones como el Plan Dawes de 1924 y el Plan Young de 1929. Pero el daño político ya estaba hecho. La idea de que los vencedores estaban exprimiendo al país alimentó un resentimiento nacionalista que después Hitler supo aprovechar como arma de propaganda contra Weimar y contra todo el orden de Versalles.
El detalle que explica los 91 años
Llegó 1929 y todo se vino abajo. El crack de Wall Street y la Gran Depresión hicieron imposible sostener el sistema, hasta el punto de que el presidente estadounidense Herbert Hoover impulsó en 1931 una moratoria de un año sobre las deudas internacionales. La Conferencia de Lausana de 1932 trató de liquidar casi todo lo que quedaba, y cuando Hitler llegó al poder en 1933 el mecanismo estaba prácticamente desmontado. Alemania había pagado solo una parte pequeña de lo reclamado, y el régimen nazi dejó claro que no quería renegociar nada, sino acabar con todo el entramado de Versalles.
Aquí está la clave real. Para afrontar las reparaciones, Alemania había recurrido a préstamos internacionales ligados a los planes Dawes y Young. Cuando las reparaciones dejaron de pagarse, aquellos bonos y sus intereses no desaparecieron. Por eso decir que Alemania estuvo pagando los 132.000 millones durante 91 años no es del todo exacto. Lo que sobrevivió fueron las obligaciones financieras derivadas de aquel mecanismo.
En 1953, con el país dividido entre la República Federal y la República Democrática, el Acuerdo de Londres reorganizó las deudas pendientes y dejó parte de los intereses aplazados hasta una hipotética reunificación. Parecía una cláusula condenada a dormir para siempre. Pero pasó lo improbable: Alemania se reunificó el 3 de octubre de 1990, y la vieja obligación volvió a activarse con un plazo de veinte años para saldarla.
El 3 de octubre de 2010, exactamente dos décadas después, Alemania hizo un último desembolso de unos 69,9 millones de euros correspondiente a los intereses de aquellos bonos. Entre Versalles y ese pago habían desaparecido la República de Weimar y el Tercer Reich, el país había librado y perdido otra guerra mundial, había quedado partido en dos y había vuelto a unirse. Porque los intereses, al final, también se pagan.
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Imagen: xataka.com
