Construir un refugio, cocinar algo decente y juntar materiales para una armadura suena a lista de tareas aburrida. Y sin embargo Valheim logra que cada una de esas acciones forme parte de una aventura donde levantar una buena base sabe tan bien como tumbar al enemigo que te cerraba el paso. Este juego de supervivencia tiene una habilidad enorme para mantenernos pendientes de la siguiente mejora, aunque también pide paciencia y arrastra algunas incomodidades que se notan con las horas encima. Aquí contamos qué nos ha enamorado, qué acaba pesando y qué aportan las novedades de su lanzamiento definitivo.
Con la llegada de la versión 1.0 nos hemos juntado un grupo de 4 amigos, alquilado un servidor dedicado y nos hemos metido de lleno en este purgatorio vikingo. Entre 100 y 120 horas en dificultad normal y sin mods, hasta llegar al último bioma. Tiempo de sobra para disfrutar de la construcción, sufrir los saltos de dificultad y comprobar cómo una simple salida a por recursos termina comiéndose media tarde. La mezcla de supervivencia, exploración y mitología nórdica nos empuja a descubrir qué hay al otro lado del bosque, aunque salir vivos sea otro cantar. Y compartirlo con amigos deja tanto grandes victorias como expediciones desastrosas para recuperar el equipo abandonado.
La historia: una segunda oportunidad ante Odín
En Valheim encarnamos a un guerrero vikingo que ha muerto en combate, pero cuyo destino todavía no es descansar en el Valhalla. Una valquiria nos lleva hasta el décimo mundo, un territorio que sirve de escenario para nuestra prueba ante Odín. Allí toca enfrentarse a las criaturas de estas tierras y derrotar a los grandes enemigos desterrados por el Padre de Todos para ganarnos su favor. El punto de partida es tan simple como efectivo: hay que demostrar la propia valía en un lugar al que llegamos casi con las manos vacías.
Ese décimo mundo es una creación propia del juego, que toma piezas reconocibles de la mitología nórdica y las mezcla con sus propias interpretaciones. Odín, las valquirias y bichos como los draugr conviven en un universo que permite a Iron Gate construir una aventura con identidad. Hugin, uno de los cuervos de Odín, nos acompaña con consejos que van presentando los sistemas del juego. La historia sirve, sobre todo, para dar sentido a la progresión: cada región es un nuevo desafío y por mucha experiencia que tuviera nuestro guerrero en vida, aquí toca empezar desde abajo.
Jugabilidad, biomas y un ritmo que pide paciencia
La progresión se apoya en un ciclo fácil de entender y bastante más difícil de dominar. Llegamos a una región, descubrimos recursos, fabricamos equipo y nos preparamos para su jefe. Superarlo abre puertas y nos empuja al siguiente bioma, donde buena parte de la seguridad que teníamos se esfuma de golpe. Siempre hay algo que fabricar, una receta por desbloquear o una mejora para la base. Esa sucesión de objetivos es uno de sus grandes aciertos.
La construcción ha sido de lo que más hemos disfrutado. Levantar una casa exige atender a los apoyos y a la estabilidad de las piezas, y el código de colores, con tonos amarillos, naranjas y rojos, ayuda a interpretar el soporte de cada elemento. Pero una casa bonita sirve de poco si salimos mal preparados. La comida es un pilar: podemos mantener activos tres alimentos a la vez, y de esa combinación depende buena parte de nuestra vida y nuestro vigor. El combate cumple, aunque se siente algo tosco, con una gestión del vigor que castiga los excesos y unos arcos con caída de proyectil pronunciada.
Donde el juego se impone es en los cambios de bioma. Tras dominar el Bosque Negro, el Pantano llega oscuro y agresivo, la montaña añade el frío y las Llanuras demuestran que un paisaje soleado también mata. Las Tierras de la Niebla cambian por completo la forma de explorar, y hemos alcanzado el Norte Profundo, donde las novedades de la versión 1.0 merecen la pena. Jugar en grupo de cuatro reparte tareas, aunque el cooperativo tiene sus incomodidades: no hay sistema convencional de grupo, hay que activar la visibilidad para verse en el mapa y las mazmorras estrechas nos han bloqueado el paso más de una vez. A eso se suma una interfaz anticuada, un inventario poco cómodo y un grindeo que acaba pesando. Aun así, la progresión mantiene un atractivo difícil de ignorar.
Apartado artístico y precio
La estética es peculiar. Durante las primeras horas cuesta reconciliar lo bonitos que son los paisajes con lo rudimentarios que se ven algunos elementos de cerca, con ese acabado pixelado en personajes, ropa y corteza de los árboles. Pero al levantar la vista, la combinación de colores, iluminación y fondos da forma a un mundo atractivo, con vistas que invitan a pararse aunque estemos ocupados buscando materiales. Por 29,99 euros hay aventura para muchísimas horas, disfrutable sobre todo en buena compañía.
Fuente
Imagen: hardzone.es
