La llamada flota de la sombra de Rusia y China se ha convertido en una amenaza silenciosa para la red que sostiene buena parte de nuestra vida digital. Bajo el mar reposan infraestructuras críticas, desde gasoductos hasta los millones de kilómetros de cables submarinos por los que circula el 99% de las telecomunicaciones y transacciones financieras del planeta. Y lo que hasta hace poco parecía una serie de accidentes aislados ahora tiene toda la pinta de ser algo bien distinto, una estrategia pensada al detalle.
En los últimos meses los incidentes se han multiplicado y ya cuesta hablar de casualidad. Esta red clandestina, formada por petroleros y buques de carga viejos, actúa amparándose en un vacío legal que deja a Occidente con las manos atadas. Interrumpe el comercio, corta el flujo de datos y esquiva cualquier represalia directa.
Cómo actúa esta flota fantasma
El modus operandi es de manual. Estos barcos apagan de forma totalmente intencionada sus Sistemas de Identificación Automática, transmiten coordenadas falsas, hacen transferencias de mercancías en alta mar y cambian de nombre y de bandera según les convenga. Al principio muchos cortes se atribuyeron a tripulaciones inexpertas que arrastraban las anclas sin querer, pero la acumulación de casos cambió por completo esa versión.
Los ejemplos son concretos. El carguero de propiedad china Newnew Polar Bear dañó el gasoducto Balticconnector en octubre de 2023. Un año después, el granelero Yi Peng 3, con bandera china y tripulación rusa, seccionó dos cables de datos en el Báltico. Y el mismo día de Navidad de 2024 el buque Eagle S cortó un cable eléctrico entre Finlandia y Estonia.
Un escudo legal difícil de romper
La tensión no se queda en Europa. Ahora mismo Taiwán es un punto calentísimo. El buque ruso Vasili Shukshin merodeó cuatro semanas cerca de la isla, y más tarde el Shunxin-39, con bandera camerunesa, tripulación china y hasta seis identidades falsas, seccionó un cable submarino de la zona. A esto se suma el desarrollo por parte de instituciones chinas de un actuador con sierra de diamante capaz de cortar blindajes a 3.500 metros de profundidad.
El gran problema es legal. La convención internacional sobre protección de cables data de 1884, y el actual Derecho del mar solo da competencia a los países afectados cuando el sabotaje ocurre en sus aguas territoriales. En aguas internacionales la potestad recae en la nación de la bandera del barco, justo las que no tienen ningún interés en investigar. Acudir a la ONU tampoco sirve por el poder de veto de Rusia y China.
Gigantes como Google y Meta se mueven en una zona gris sobre quién debe proteger esas conexiones. Ante la parálisis, la alianza AUKUS, formada por Estados Unidos, Reino Unido y Australia, planea desplegar drones submarinos en 2027 para vigilar el lecho marino. Los expertos también apuntan a exprimir el artículo 110 del Derecho del mar para abordar barcos con bandera falsa, o a presionar a las aseguradoras para que retiren la cobertura a estos navíos y castigar con el mercado lo que la ley no alcanza.
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Imagen: xatakamovil.com
