La fibra óptica ha llegado a un punto que parecía impensable hace no tanto: ahora corre más rápido que el hardware que tenemos en casa. Durante casi veinte años la relación entre los dispositivos y la toma de la pared se inclinó siempre del mismo lado. A mediados de los años 2000 los ordenadores ya montaban puertos Gigabit mientras las conexiones domésticas apenas rozaban los 20 megas con ADSL. El equipo era una autopista vacía esperando que la infraestructura creciera. Daba igual la tarifa contratada, el hardware siempre bastaba.
Esa dinámica se ha roto del todo. La expansión rápida de las conexiones de 1 Gbps y ahora de 10 Gbps por parte de los grandes operadores ha invertido la balanza. La velocidad que llega a la puerta de casa ya no la limita la centralita, sino que supera lo que la electrónica de consumo puede digerir. Y eso, a medias, es un problema.
El cuello de botella está en la placa
Contratar una conexión por encima del gigabit rara vez se refleja en los tests de velocidad al estrenarla. La mayoría de ordenadores de sobremesa, consolas, Smart TVs y portátiles vendidos en el último lustro siguen montando tarjetas de red limitadas a 1 Gbps, cuando no a 100 Mbps como pasa en algunos televisores. Para exprimir el salto a conexiones de 2 Gbps toca comprar tarjetas PCIe de al menos 2.5 GbE o tirar de adaptadores Thunderbolt en un portátil. Eso, si no se prefiere renovar los dispositivos directamente.
Con el WiFi el freno es todavía más evidente. Aunque el router del operador cumpla estándares como el WiFi 6, la fibra de 10 Gbps supera lo que puede transmitir. Un móvil con WiFi 5 o WiFi 6 recibe entre 400 y 850 Mbps. Para pasar del gigabit sin trabas casi hace falta WiFi 7 en ambos extremos, emisor y receptor. Los routers WiFi 7 existen, pero cuestan alrededor de 200 euros en modelos tribanda, y pocos smartphones lo soportan.
Aun así, tener más de 1 Gbps sirve
La pregunta es sencilla: tiene sentido pagar por una velocidad que ningún terminal aprovecha al 100 por 100. Ver una película en 4K pide apenas 25 Mbps y una partida online consume menos de 5 Mbps. Salvo en descargas masivas de videojuegos o subidas de proyectos a la nube, un solo dispositivo no nota la diferencia entre 600 Mbps y 2 Gbps.
Pero hay una ganancia real, colectiva y estructural. Permite conectar decenas de dispositivos sin restarse ancho de banda ni degradar la latencia. Además, el cambio a la infraestructura XGS-PON multiplica varias veces el caudal del splitter del vecindario frente a las conexiones GPON, lo que se traduce en más estabilidad en edificios con muchos vecinos.
Algo que estuvo vigente muchos años ha cambiado: los operadores corren ahora más que los aparatos. La ventaja no está en presumir de cifras locas, sino en tener una red que no se inmuta ni en horas punta ni cuando hay invitados en casa. Y el tiempo traerá dispositivos preparados para aprovechar los 2 o 10 Gbps que ya están aquí.
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Imagen: xatakamovil.com
