Ejecutar aplicaciones de Windows 11 en un Chromebook es algo que muchos usuarios buscan tarde o temprano, sobre todo cuando aparece ese programa concreto que no tiene versión web ni una app equivalente en Android. La ligereza y la velocidad de ChromeOS son un lujo, cierto, pero la barrera del sistema operativo sigue ahí, plantada, dejando a más de uno con las ganas de abrir sus herramientas de siempre.
No existe una fórmula mágica que sirva para todo el mundo. Todo depende del hardware, y en concreto de si el equipo lleva un procesador Intel o ARM y de cuánta memoria RAM estemos dispuestos a ceder. Hay opciones para todos los perfiles, desde soluciones en la nube hasta montar un sistema operativo entero dentro de un contenedor.
Escritorio remoto y capas de compatibilidad
La vía más cómoda, sin instalar cosas raras, es el acceso remoto. Aquí la estrella es Chrome Remote Desktop, que permite controlar un PC con Windows desde el navegador del Chromebook. El pero es evidente, el ordenador con Windows tiene que estar encendido y conectado, lo que choca un poco con la idea de movilidad. Para entornos profesionales o educativos están Azure Lab Services, con conexión a una máquina virtual en la nube mediante el protocolo RDP, o soluciones corporativas como Citrix Receiver, pensadas para empresas que reparten equipos ligeros pero necesitan software pesado.
Cuando la idea es que la aplicación corra localmente, sin depender de otro PC, entra en juego Wine, ese software de código abierto que traduce las llamadas de Windows a Linux. Suele requerir activar las apps Linux en ChromeOS e instalar Crouton. Y si buscas algo más pulido, ahí está CrossOver, la versión comercial basada en Wine, disponible en la Play Store y capaz de mover suites como Microsoft Office. Eso sí, la compatibilidad no es total y algún bug ocasional aparecerá.
Virtualización avanzada y el peso del hardware
Para los más atrevidos existe la posibilidad de desplegar Windows 11 a través de contenedores Docker, con el proyecto dockur/windows y usando KVM para lograr aceleración por hardware. El truco está en que la máquina virtual se define en un archivo YAML, el contenedor descarga la ISO de Microsoft solo y hace una instalación desatendida. Requisito imprescindible, que el procesador soporte virtualización y que esté activada en la BIOS. Se recomienda asignar al menos 4GB de RAM y un par de núcleos, y luego acceder por navegador en el puerto 8006 o, mejor todavía, con un cliente RDP al puerto 3389 del localhost.
El hardware manda. Un equipo modesto, tipo HP 14 Chromebook con 8GB de RAM y un i3 de 11ª generación, sufrirá con la virtualización, y programas como Photoshop o InDesign pueden convertirse en un dolor de cabeza. A veces conviene tirar de alternativas nativas de Linux como GIMP. El otro punto delicado es el almacenamiento, con errores de espacio muy habituales al actualizar distribuciones, por ejemplo pasando de Debian 11 a 12, por lo que gestionar bien los volúmenes montados en el host resulta clave para no perder la instalación tras cada reinicio.
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Imagen: androidayuda.com
