Cambiar el logo de Office cada 24 o 36 meses fue durante mucho tiempo una costumbre de Microsoft que dejó perplejos a millones de usuarios, y ahora sabemos que detrás de esa rueda constante de iconos nuevos no había capricho estético alguno. Muchos recordarán aquella época en la que la suite parecía reinventarse cada dos por tres, casi como si fuera una moda pasajera. Steven Sinofsky, que estuvo 23 años en la compañía y dirigió el desarrollo de seis versiones principales, ha contado el verdadero motivo. Y sí, era pura estrategia comercial.
Según relató, el objetivo de cambiar de imagen cada poco no era otro que vender cajas en las tiendas y dar sentido a los contratos empresariales que duraban varios años. La explicación salió a la luz cuando Sinofsky respondió a una publicación de Frank Bach, antiguo diseñador de producto en Instagram, que contaba cómo su equipo logró por fin mover el logotipo de la cabecera después de años de resistencia interna. Aprovechó el hilo para recordar su paso por Office, donde entró en 1994 antes de acabar liderando la división de Windows.
Por qué una caja de Office tenía que parecer nueva cada dos años
Hasta el año 2000, el gran motor de todo esto era la venta al por menor. Quien quisiera la última versión de Word o Excel tenía que acercarse a una tienda física y comprar una caja de cartón con disquetes o CD-ROM dentro. Buena parte de esas ventas eran de gente que simplemente actualizaba a una versión más reciente. La marca, decía Sinofsky, era una pieza clave tanto en el punto de venta como en el marketing impreso.
Sin una caja que se viera distinta en el estante, pocos clientes encontraban razones para pasar por caja otra vez. Sinofsky se refiere a estos ciclos con los nombres de sus proyectos internos, Office 94 y Office 96, que no siempre coincidían con los nombres comerciales que veíamos en las tiendas, es decir Office 4.3 y Office 95.
Los dos lanzamientos se planificaron con apenas un año de diferencia, sincronizados con el desarrollo de Windows 95, conocido internamente como Chicago. Office 94 recibió solo el 15 por ciento de los recursos de ingeniería importantes. El otro 85 por ciento fue a parar a Office 96, que era el lanzamiento que de verdad contaba. Y aquí viene lo curioso. Microsoft contaba una historia distinta según a quién se dirigiera. Al equipo de Windows le hablaba del esfuerzo puesto en Chicago, mientras que al resto de la división de aplicaciones le vendía el peso depositado en Office 96.
El dolor de cabeza de las licencias empresariales
Con el negocio empresarial creciendo, el problema del retail acabó quedándose pequeño. Los grandes clientes firmaban acuerdos de licencia de unos tres años que les daban derecho a instalar cualquier versión de Office lanzada durante ese periodo. El truco estaba en la percepción. Si una empresa no llegaba a desplegar el nuevo lanzamiento, tenía la sensación de no haber amortizado lo que había pagado.
Ese es precisamente el motivo por el que a las compañías les tocaba actualizar casi por obligación psicológica. Nadie quiere sentir que ha tirado el dinero, y ese pequeño detalle movía todo el engranaje.
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Imagen: softzone.es
