¿Chrome va lento y no se sabe por qué? La respuesta muchas veces está en las extensiones de Chrome, esos pequeños complementos que se instalan casi sin pensarlo y que van sumando código en segundo plano. Cada uno ocupa memoria RAM, se ejecuta constantemente y, en algún caso, hasta puede leer los datos de las páginas que se visitan. Cuando una empieza a dar guerra aparecen dos caminos bien distintos, y conviene saber cuál tomar: desactivarla desde el panel de administración o borrarla directamente.
La elección correcta depende de una cosa sencilla, saber si el fallo es algo puntual o si detrás hay un riesgo real para la seguridad. El panel de extensiones se abre desde el menú de los tres puntos o escribiendo chrome://extensions en la barra de direcciones. Allí, junto a cada complemento, aparece un interruptor deslizante. Si está a la derecha y en azul, la extensión está activa. Si aparece a la izquierda y en blanco, está apagada. Mover ese interruptor no borra la configuración guardada ni los datos que la extensión haya almacenado, así que suele ser la primera medida razonable cuando algo empieza a fallar.
Cuándo basta con apagar la extensión desde el selector
Imaginemos que una página deja de cargar bien o que el navegador empieza a comerse la CPU sin motivo aparente. Lo primero no es borrar, sino aislar. Desactivar el complemento mantiene intactos todos los ajustes personalizados, algo que se agradece muchísimo cuando hablamos de un gestor de contraseñas o de una herramienta de productividad que va a hacer falta otra vez en cuanto termine el diagnóstico.
Hay varias extensiones que modifican el contenido de las páginas y que pueden acabar chocando entre ellas. Apagarlas por lotes ayuda a identificar cuál es la culpable sin tener que reconfigurar nada desde cero. Para quien prefiera automatizar un poco el asunto, en la propia Chrome Web Store existe una extensión llamada Disable Extensions and Apps, que apaga y reactiva todos los complementos con el atajo Ctrl + Shift + E, dejando fuera las que se hayan marcado como excepción en una lista blanca.
Y quien trabaje desde Windows tiene otra vía, lanzar Chrome añadiendo el modificador disable-extensions al ejecutable. Así el navegador arranca sin ningún complemento activo, perfecto para probar qué pasa cuando no hay nada de por medio.
Extensiones de Chrome que conviene eliminar sin pensarlo dos veces
Hay señales que ya no se arreglan con un simple apagado. Ventanas emergentes que aparecen sin que nadie las haya pedido, redirecciones a páginas raras o un motor de búsqueda que cambia solo. Todo eso puede apuntar a que el complemento ha sido comprometido o, directamente, que enmascara malware capaz de robar contraseñas. En esos casos toca eliminar sin más, desde el menú de Extensiones o con clic derecho sobre el icono en la barra de herramientas. Así se corta de raíz el acceso que tenía a los datos de navegación en tiempo real.
El mismo criterio vale para las extensiones que se hacen pasar por herramientas legítimas, esos falsos gestores de descargas o supuestos optimizadores del sistema que en realidad inyectan publicidad no deseada o intentan suplantar páginas bancarias mediante formularios falsos. Ahí no hay término medio, fuera cuanto antes.
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Imagen: softzone.es
