La memoria gráfica, esa que muchos conocen simplemente como VRAM, sigue generando un montón de dudas entre quienes montan o compran un PC. Es un componente clave, presente tanto en las tarjetas gráficas dedicadas como en las GPUs integradas, aunque entre unas y otras hay diferencias enormes que conviene tener claras desde el principio.
En las tarjetas dedicadas se usa mucha más memoria gráfica que en las integradas, y la razón es sencilla, tienen el espacio para ello. Existen excepciones curiosas, como los MCM Intel Core con GPU Radeon RX Vega que llevaban 1 GB de HBM2, pero por lo general las GPUs integradas no cuentan con memoria propia. Para funcionar tiran de la RAM del sistema y la usan como memoria gráfica. Esa memoria es más lenta, ofrece menos ancho de banda y, encima, reduce la RAM libre para el resto de tareas. Si tienes 8 GB y la GPU integrada se come 2 GB, al sistema le quedan 6.
Con las dedicadas eso no pasa. Incluso los modelos de gama baja montan hoy al menos 4 GB de GDDR6, capaces de dar un buen ancho de banda aunque acompañen a un bus de 64 bits. En la gama media lo habitual son 128 o 192 bits.
Cuánta memoria gráfica necesitas según lo que vayas a hacer
La pregunta del millón, y no tiene respuesta única. Todo depende del uso. Si el PC va a servir para ver contenido en alta resolución y hacer ofimática, una GPU integrada con 8 GB de RAM es más que suficiente. Pero si la idea es jugar a títulos actuales, esa configuración se queda corta y necesitarás una tarjeta gráfica dedicada con memoria GDDR6.
Aquí entra un detalle importante. La cantidad de memoria no determina la potencia de la GPU, pero sí puede limitarla mucho. Un ejemplo revelador, la GeForce GT 1030 con 2 GB de GDDR5 dobla el rendimiento de la misma tarjeta con 2 GB de DDR4. Prácticamente las mismas especificaciones, resultados totalmente distintos. Todo por la velocidad de la memoria.
El ancho de banda lo marcan el tipo de memoria y el bus de datos, y cuanto mayor sea, mejor rendimiento. Pesa sobre todo en resoluciones altas, con trazado de rayos y en GPUs muy potentes. La RTX 4090 alcanza 1.001 GB/s, mientras que la RTX 4070 se queda en 504,2 GB/s.
Consumo real frente a ocupación preventiva
Hay que distinguir entre lo que un juego reserva y lo que realmente usa. La ocupación preventiva consiste en llenar bloques de memoria por si acaso, aunque no se necesiten. En Control Resonant, por ejemplo, se puede asignar hasta 19 GB en 4K con todo al máximo y DLAA, pero el consumo real ronda los 14 o 15 GB. Lo que de verdad manda es el consumo, no la asignación.
Con el tiempo estas cifras han subido. Ya hay juegos que piden 8 GB o algo más en 1080p, aunque en varios casos eso responde a una optimización cuestionable. The Last of Us Part I para PC fue el ejemplo perfecto de desastre en este apartado.
En el otro extremo está DOOM The Dark Ages, un caso de optimización ejemplar. Usa trazado de rayos nativo y aun así escala de maravilla. En 1440p con calidad máxima, texturas en 4.096, DLAA y multigeneración de fotogramas consume 10,59 GB de VRAM. Activando DLSS en modo calidad baja a 9,9 GB, y reduciendo la reserva de texturas a 1.536 cae hasta 7,34 GB. Vamos, que se puede jugar perfectamente con 8 GB.
Como guía rápida bajo rasterización, para 1080p en juegos actuales el mínimo con garantías son 8 GB de GDDR6. Para 1440p lo ideal son 12 GB, y para 2160p conviene apuntar a 16 GB si no quieres tocar ajustes. Con trazado de rayos la cosa sube, 12 GB pasan a ser el mínimo cómodo en 1440p y 16 GB lo recomendable en 4K. Los juegos de la generación anterior, los de PS4 y Xbox One, piden bastante menos, muchos corren en 4K con solo 8 GB.
Si te falta memoria, lo mejor es bajar la calidad de texturas, el filtrado y las sombras, que son lo que más consumen. Si no lo haces, aparecen tirones, caídas en los FPS mínimos, texturas que cargan mal, popping y una calidad pobre pese a tenerlo todo en alto.
Fuente
Imagen: muycomputer.com
