Cuando Hideo Kojima confirmó que PHYSINT, su nuevo proyecto en desarrollo desde hace un par de años, no aterrizará en PlayStation sino en Xbox en exclusiva, muchos se quedaron descolocados. Y con razón. Estamos hablando de una alianza que se prolongaba durante más de tres décadas y que ahora, de golpe, se rompe. La decisión resulta todavía más chocante si se piensa que PHYSINT apunta a ser el nuevo Metal Gear firmado por Kojima, algo que sobre el papel debería haber sido oro puro para cualquier plataforma.
Detrás de todo esto hay explicaciones concretas, y no todas tienen que ver con el talento. La razón principal, según ha trascendido, está en los resultados comerciales de Death Stranding. El juego gustó a la crítica, tiene una comunidad de seguidores muy leal, pero no llegó ni de lejos a las cifras de ventas que Sony esperaba de una de sus grandes apuestas. Y en el negocio, cuando los números no acompañan, las cosas cambian rápido.
Presupuesto, retrasos y un clima financiero más tenso
El otro gran problema fue el dinero. Según lo que se ha sabido, el presupuesto del proyecto estaba desbordándose. El juego todavía estaba a varios años de ver la luz, apenas en sus fases iniciales, y ya arrastraba retrasos importantes respecto a los objetivos marcados. Todo apuntaba a que iba a superar con creces la cifra asignada. Nada nuevo bajo el sol, la verdad, porque este patrón acompaña a Kojima desde hace tiempo.
Sus obras siempre se han caracterizado por un cuidado extremo del detalle y por ambiciones enormes. Eso ha sido la clave de su éxito, sí, pero también una fuente constante de roces con quienes ponen el dinero. De hecho, tensiones parecidas sobre costes y plazos ya influyeron en su marcha de Konami en 2015, empresa en la que trabajaba desde 1986. Fue entonces cuando refundó Kojima Productions como compañía independiente, después de años en los que ese nombre servía dentro de Konami solo para firmar la saga Metal Gear Solid.
Y aquí entra un factor más que no conviene pasar por alto. PlayStation está viviendo un momento de mucho control financiero. Ha cerrado varios estudios tras fracasos sonados como Concord, y con ese panorama, meterse en un proyecto sin un techo de gasto definido se volvía cada vez más difícil de justificar. Dicho de forma sencilla, no estaban por la labor de poner entre 180 y 275 millones de euros sobre la mesa para arriesgarse a que luego el juego no vendiera lo suficiente.
Así que la suma de todo, ventas por debajo de lo previsto, costes disparados y un contexto donde cada euro se mira con lupa, terminó empujando a Sony a frenar su apoyo. Y Kojima, fiel a su costumbre de buscar libertad creativa, encontró en Xbox un nuevo socio dispuesto a apostar por su próximo Metal Gear.
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Imagen: hardzone.es
